Indicios de un misántropo

Había cogido el autobús para llegar allí; para salir del vehículo, subir las escaleras mecánicas, y acabar asándome por un calor infernal, sentado en unas escaleras, en moncloa. No tenía mejor cosa que hacer a fumar, así que fumé, para relajar los pulmones, y la cabeza. Solo pedía tranquilidad, nada más. Mientras me fumaba mi cigarrillo apoyé mi espalda en la pared de las escaleras y traté relajarme. Desde atrás oí una voz, desconocida, y bastante nerviosa.

—Perdone señor, tengo que barrer estas escaleras. ¿Podría apartarse un momento? — Me hablaba un barrendero latino de media edad, trabajador. Que putada.
—¿No puede irse a otro lado?
—Verá, tengo un protocolo, y poco tiempo.
—A la mierda los protocolos, esto de los protocolos en España no se cumple.- Le dí una calada al cigarrillo, a punto de acabarse. Que pena me daba aquel individuo, con ese calor a sus espaldas, y un trabajo sofocador. – Si quieres siéntate aquí y fuma conmigo, no tengo más que hacer.
—Y una mierda. No he venido aquí a fumar, sino a barrer.—Le miré un momento. Me di cuenta de lo necesario que le resultaba aquello. Necesitaba el dinero de su trabajo, y de su esfuerzo.—Verá, el polvo no se va por si solo, y es por eso que tengo que barrer igual. Y bueno, si no se aparta barreré por encima suya.
—De acuerdo.
—Usted lo ha querido. – El latino comenzó a barrer. En momentos como estos mi ego crece, y cuando aquello ocurre, no le sigue nada bueno. El latino seguía bajando escalones, y la escoba deslizaba de un lado al otro, marcando de polvo a su alrededor. Terminó su trabajo. – Pase un buen día. – Y se fue. Seguramente iría a contárselo a sus compañeros, o a su familia, a reírse. De hecho ya lo hacía un poco. Sonreía al despedirse, y al seguir barriendo, mirando hacia otro lugar.

El cigarrillo se había acabado hace un rato. Son de esas cosas que me molestan. Que me interrumpan en mis momentos de tranquilidad. Pero de Madrid no se puede esperar otra cosa, mucho menos en moncloa, con todos los cagaprisas y linces sueltos. Será envidia, tal vez, de aquellos que poseen la tranquilidad para sentarse en unas escaleras, y no tener que cruzarlas corriendo, para llegar al trabajo, o para coger el autobús, o metro. Dijo John Lennon que la vida es aquello que ocurre mientras te empeñas en hacer otros planes, y no le falta razón. Desde mi escalón sentado veía pasar a gente con paso nervioso, hablando por sus teléfonos, discutiendo, tragando comida rápida, y todo eso que se suele ver en una ciudad como Madrid. Y todo aquello que observaba me pareció una señal, de no empeñarse tanto en fines relativos para llegar a los verdaderos fines últimos. El trabajo, un fin relativo, que nos sirve para llegar al dinero, aquello que nos proporciona, en parte, una mayor facilidad para el fin último que resulta ser la felicidad. Todo ello, un obstáculo entre sí. ¿Acaso no vivimos felicidad en momentos simples, tan simples que no los apreciamos? Y si aquel hombre se parase a comer su sándwich tranquilamente en una esquina cualquiera, en un parque, y después siguiese andando, podría disfrutar más de su comida, y ser más feliz del momento que le ha proporcionado la tranquilidad. Y el resto. Que se callen, que se paren, y si no, que sigan con sus prisas, y busquen más la felicidad en aquello lejano, sin ver aquella que se encuentra delante de sus ojos. Aquellos que no ven el bosque, de tantos árboles.

Tras esta breve reflexión me levanté, sin prisas por supuesto, y me encaminé dirección Retiro. Tendría la espalda manchada de polvo, seguramente, y unas pintas de perroflauta tremendas, pero la camisa en sí ya estaba muy sucia, y mi pelo rizado, del mismo color castaño que el de la camisa, se tapaba, bajo el mismo desorden, en una misma fachada sucia. Todo en su igual. Mis pantalones vaqueros rotos, mis zapatillas sucias, y la camisa y el pelo como lo descrito anteriormente.

Quería tumbarme bajo la sombra de algún árbol en el Retiro. Daba igual cual. Lo que me importaba de verdad era la cantidad de gente que habría por allí. Cuando entré por las puertas me asusté, pero a mi derecha vi un rincón de soledad. No pude hacer otra cosa que ir a donde mi sentido me llevaba. Y me llevaba hacia la música. A lo lejos sonaba una guitarra y una voz. Música mejicana. Perfecto. Un hombre, rellenito y alegre, cantaba extasiado Tequila. Posé una moneda de cincuenta céntimos en su sombrero. Me hizo mucha gracia su expresión. —¡Gracias Gringo!—, y me di la vuelta sonriendo. “Gracias a ti, compañero.” y seguí mi camino hacia un banco, donde posaba una revista de pintura, que cogí con ganas, y miré a fondo. La portada de Monet. Un par de cuadros de Van Gogh, Hundertwasser, Gustav Klimt. Cuadros conocidos la verdad, la mayoría de ellos. Pero en las últimas páginas algunas buenas pinturas desconocidas. Caspar David Friedrich, romanticista. La idea de pintarse de espaldas, mirando la niebla y la colosal naturaleza me gustó. Podría decirse que lo mejor que había visto en mucho tiempo, y eso que siempre trato de buscar nuevas cosas e ideas. Incorporar la imaginación, el sentimiento, el recuerdo, la razón y la creatividad; y buscarlo. Pocas veces lo encuentro, la verdad, pero allí lo pude encontrar, y leer, en las páginas de la revista vanguardista, en algunos cuadros de Hundertwasser, y algunos más cuadros desconocidos. Pude disfrutar de todo aquello, hasta que me vinieron unas impresionantes ganas de leer un libro. Llevaba semanas sin leer, y lo notaba en cierta manera en mi nivel intelectual, y mi forma de comunicarme con la gente. Así que me levanté de mi rinconcito, guardé la revista y fui a buscar una tienda de libros. No tardé mucho, pero antes pasé por un puesto de mercadillo donde vendían cuadros. Lo mantenía una mujer anciana que pintaba bastante bien. Hablé con ella, y le pregunté por los motivos de algunas figuras de sus obras, y me contestó bien, con lentitud y tranquilidad. También la pregunté por su pintor preferido. Ella me dijo Picasso, y le dije que bien, aceptable. Me miró con cara rara, y supe en aquel momento que era momento de irse. Al llegar a la tienda de libros me encontré con un libro sobre el Ché. Muy buena pinta. Quise cogerlo, pero el vendedor me recomendó otro. —Tienes que leerte Rayuela.— Yo le pregunté que a que venía todo aquello, y me dijo que estaba en oferta. No me interesaba. Quería comprar el libro del Ché pero el vendedor no paraba de insistirme en sus ofertas.

Tiré Rayuela al suelo, con violencia, enfado. Yo mismo no supe lo que estaba haciendo, además, con un libro tan bueno. De nuevo supe que era momento de irse, y me fui. No había rumbo. A moncloa, al autobús.

Y de nuevo llegué a la conclusión de que lo mejor era no estar con gente que no lo mereciera. Y si me pudro, pues lo hago, pero siempre mejor estando solo, en un banco, leyendo el libro que yo mismo he querido comprar, a que en Madrid, uno entre millones, bajo multitudes manipulables, sin importancia alguna. Solo uno, entre un montón. Un árbol en un bosque, que no se encuentra a si mismo, pero que tampoco ve al bosque por tanto árbol estúpido en medio.

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