Olas y vejez

Hay una calle en Cudilleros que conduce al vacío de un acantilado. No se encuentra muy lejos de mi pueblo, ni de mi casa, ni tampoco del mar, del chocar de las olas, del fuerte viento, del ruido, de las rocas, de los graznidos de las gaviotas, ni de la frescura del vapor de agua que es arrastrada por la fuerte brisa. Todas las tardes cuando paso por allí y contemplo, en el infinito del mar, un relucir de luces pienso; “¿Acaso no son todo gotas lo que componen un océano? Pero tan firmes que aparentan, y a la vez, tan flexibles que son.”

Y aquello de pensar es solo un vicio mío, pero por supuesto mejor que algunos otros. Un vecino mío -de cuando yo tenía aún pocos años de edad y seguía jugando en la calle con un amigo-, un anciano delgaducho, a parte de fumar y beber de manera descosida tenía una especie de vicio que se basaba en mear por la terraza todos los días despues de cenar. Por supuesto, aquello no es que agradase precisamente a los vecinos, quienes comenzaron quejándose, y quejándose, y quejándose, pero aún así terminaron renunciando. El anciano no quería abandonar el piso, de modo que los niños -quienes jugaban y corrían por debajo de la terraza como unos posesos-, ya no podían estarse seguros ni de lluvias ni de tormentas, pero pese al riesgo jugaban, siempre, pese al riesgo. Ahora, en retrospección me digo: “Al fin y al cabo el orín de aquel anciano estaba compuesto en mayoría por simples gotas de agua. ¿Acaso, no es todo agua? Bueno, no todo, también hay pobreza y soledad. Podrían ser, tal vez, las lágrimas de su vejez.”.

Mi cigarrillo se había acabado. Me levanté, quejándome de mi dolor en las rodillas, y seguí mi camino. No había mucha gente, a pesar del buen tiempo. Llevaba haciendo una semana muy extraña. Había llovido los primeros días, y más tarde había comenzado a hacer un calor terrible. Un tiempo perfecto para buscar setas, la verdad. Debería haber ido a la Sierra de Sueve, a buscar Boletus, con mi amigo, Edu. Seguramente ese día habríamos encontrado montones. De nuevo pensé. Las ciudades dan asco. Yo quiero buscar setas. —¿Dónde está Edu?— Hace mes y medio que no oía de él, lo que resulta extraño. Me dijo que iba a pasar algo en Cudilleros, creo, pero ni idea qué quería decir con eso. Aún así, tenía su número. No me apetecía mucho hablar con él, no en estos días. Hay personas viciosas, y luego está él. No hay conversación inteligente, solo penurrias, quejas, que de vez en cuando vienen bien, pero no ahora, ahora no. Ni me puedo imaginar haber compartido con él un piso durante tres años. Hay que estar loco de remate. Pero el tiempo pasa rápido, lo cual me da mucha pena, pero a la vez muchísima calma, porque para olvidar algunas cosas que uno no merece recordar, como, yo que sé, conversaciones aburridas o momentos de encierro, pues para eso viene muy bien. Antes solíamos ir al Bar Castañar, y hace tiempo que no íbamos allí. Buen ambiente, buena música, y buena cerveza artesanal; gente interesante, periódicos, café, de todo. Quise ir pero recordé mi cita. Llegué tarde. Aún así Alicia estaba acostumbrada a mi puntualidad. La vi sentada en la esquina inferior izquierda, cerca del camarero, de la música, y bien alejada del ruido infernal de las calles de Oviedo. Como solía ocurrir, primero me saludó ella. Después la saludé yo, con un beso en la mejilla, y me senté a su lado, en el sofá rojo de terciopelo. Saqué la cartera, la apoyé sobre la mesa de cristal y pedí una cerveza. Ella ya tenía la suya. Me miró cansada mientras daba largos sorbos a su deliciosa jarra. Este fue el lugar donde comencé a fumar. Imposible resistirse, con aquel jazz de fondo, ahora Duke Ellington, y ese ambiente tan cool y moderno. Ella me habló de su viaje a Salinas, y yo la hablé un poco de Corriedo. Ambos amábamos el senderismo, pero siempre nos enfadábamos en la montaña. Además, yo siempre andaba más rápido que ella, así que no merecía la pena ir, para tanto esperar y estresarse. Y el senderismo es para andar, no para hablar. Para hablar uno se da un paseo por Oviedo. En un paseo, suelo decirle a Alicia, es mejor cerrar el pico para oír el sonido del resto de animales que de verdad tienen uno, y suenan mucho mejor. Y ella se enfada, y así se acaba separando de mí una y otra vez. Pero en el fondo nos queremos. Claro que la edad es un gran problema. Nos conocimos aquí, once años atrás. Ella era joven y estudiante, mientras que yo pude haber sido su profesor. Doce años de diferencia. Comenzamos a quedar, y acabamos juntos, Ahora ya no éramos novios, más bien amigos. Pude haber estado enamorado, o seguir estándolo, pero no podía soportar ver a alguien tan joven todos los días, junto a mi cama, en la montaña, o en la playa, en el desayuno, cena, comida, tarde, noche, y luego verme a mí, frente al espejo. – ¿De verdad quieres a alguien tan anciano? – Le decía yo. Y ella me respondía enfadada, y me repetía, una y otra vez, siempre que mencionaba aquella dichosa e incisiva pregunta:- No es que te quiera pese a tu edad. No eres más que tu verdad cuando te veo. Eso es por lo que te quiero -.Y yo siempre le replicaba, que se dejara de cursiladas.

Más tarde, en el Castañar hablamos de Edu. Ella tampoco le podía aguantar, lo cual no me extrañaba, siendo ella tan joven, y feliz, y él tan viejo, y agrio. Nadie había oído de Edu en las últimas semanas. Ella me sugerió que le llamara, pero yo no quise hacerlo.

Se estaba haciendo tarde. Yo debía coger el autobús de vuelta, así que me encendí mi último cigarrillo y me despedí de Alicia con un beso en las mejillas y un “cuidate” inncecesario, ya que, se cuidara o no, siempre seguiría igual de joven, y guapa.

Crucé con el autobús los pequeños pueblos de la costa asturiana, incluido Cudilleros, donde vivía Edu. Miré por la ventana cuando cruzamos junto a aquel camino que conduce al vacío. Con la poca luz que quedaba en el exterior, solo pude apreciar las olas del mar chocar contra las rocas del acantilado. Me comencé a preocupar. Pensé en él, y en su infalible compañia desde hace cuarenta años. Cuarenta años. Y en ese tiempo, nunca estuvo dos semanas sin llamar. Y me comenzó a dar pena, y rabia, y asco. Fueron, tal vez, los años. Tal vez se lo llevaron los años, o tal vez nunca se había ido, y siempre había estado allí, en Cudillero, mirando desde su ventana hacia aquella dichosa calle, que conduce al acantilado, con las lágrimas no en las mejillas sino en vapor de agua, que une la brisa del mar con las demás gotas de vapor que transporta el aire, y cae de nuevo en un viejo ciclo, al son del oleaje del mar. Pensé, y esperé hasta mi salida en Lamuña. Volví a unir los puntos que me llevaban a tal suposición. Salí del autobús y busqué mi hogar. Comenzó a llover. Podrían ser, tal vez, las lágrimas de su vejez.

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3 comentarios en “Olas y vejez

  1. Guau!!! Me ha encantado tu relato…. en algunos momentos se me han puesto los pelos de punta! jajaja.. es muy onírico, dulce y duro a la vez.

    Me quedo por aquí y te sigo leyendo!!! Un gran descubrimiento!

    Por cierto… el destino es así… me llamo Alicia.. jajaja me ha hecho gracia que el primer relato tuyo que leo uno de los personajes tenga mi nombre. Los escritores somos así, nos emocionamos con los pequeños detalles.

    Nos leemos!! =)

    Le gusta a 2 personas

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