Otoño y las calles del Pozo

De nuevo nos dijeron que no había solución. Llevaban meses contándonos que todo quedaría igual. El polvo de las estanterías, las cucarachas en la cocina, bajo el fregadero, y las pupilas de Sophie, entrecerradas, retorcidas. Los llantos de todas las mañanas, sin cesar. Y los remolinos en la tripa y el corazón. Nadie se los podía quitar de encima. Claire me decía que no aguantaba más. No era de extrañar. Ella era una mujer fuerte, tal y como decía su padre, al que repetía una y otra vez tras su desaparición, y el constante anhelo a los pasteles de su madre, de naranja, limón, chocolate, dulce de leche, y las coberturas con azúcar glas, todo aquello dulce de lo que quedaba poco, y la sequedad que quedó tras el lento paso que dejaron a ambos lejos de Sophie y sus trastornos, y de Claire, y de mí, que las debía de soportar a ambas como nunca lo tuve que hacer con nadie. Decía que lo único que le quedaba eramos Tigresa y yo. —Ambos sueltan leves ronroneos antes de acostarse— me decía. —Y ambos me muerden en cuanto les acaricio el ombligo—. La ironía de Claire era notable. Nadie hablaba como ella, incluso cantando lo hacía mejor que yo. El tejido suave que crecía de su voz cubría mi cuerpo en sábanas blancas, en la cama, cuando la oía a ella en el cuarto de baño, y la esperaba a que se acercara a mí en paso lento, y buscaba la cercanía de mis oídos a sus labios, para sentirme bien, para dormir mejor, para tenerla a mi lado. Pero ya nada era igual.

Los médicos dijeron que todo seguiría igual. Sophie seguiría en camilla, habitación cientoseis, con sus gélidos llantos que contagiaban a Claire, que ya no podía sonreír, ni cantar, ni dormir. Tampoco Tigresa era la misma. Su piel no era suave como antes, sino sucia, delgada, y firme. Ambos la acariciabamos ahora con las puntas de los dedos, y las uñas, para no tener que soportar la crueldad de sus sudores fríos, y maullidos largos, que no paraban, ni tampoco cuando la abríamos la puerta al jardín, y ella salía a mirar la hiedra rojiza y el amarillento césped, y se daba la vuelta, a mirar por el cristal, y vernos fijamente, y maullar. —¿Qué le pasa a Tigresa?— decíamos constantemente, y aunque no lo dijéramos por un tiempo, le seguíamos dando vueltas. No podía ser dolor de tripa, ni fiebre. Todo tardaba demasiado. Echaba de menos algo o alguien. Y eso que Hugo murió tres años atrás. El gato del vecino. Aquel que comía más de nuestra casa que de la suya. Pero tampoco podía ser eso. Echaría de menos la alegría de Claire, su sonrisa, que se ponía en cuanto lo hacía el sol por los tejados, que hacía vivaz al hogar, y que corría por días de lluvia, y sol, en invierno, primavera, verano; pero aquel otoño no.

Nos dijeron que irían a trasladar a Sophie a otro lugar. Dijimos que no, que la queríamos cerca. Yo no la quería cerca, no porque no me importara como a Claire, sino por su propio bien. Ella no podía ir ya a la oficina, y allí me pasaba yo todos los días, llamando a casa porque llegaría tarde, y su voz débil al otro lado. —Si, vale, te veo mañana, un beso, chao, te quiero.— Pero nada de ello iba en serio. No cuando yo, con todas las esperanzas que me había hecho por el teléfono llegaba a casa y la veía a ella frente al televisor, y a Tigresa quejándose de la comida. – No le gusta el nuevo paté. Allá tú, inténtalo.- pero ella era más tradicional. Pensé que podría ser en los dientes por lo que se quejaba, y que por eso ya no comía como antes, y estaba tan delgada. Pensé que ello arreglaría la situación. Pero nada podía hacerlo. Y todo quedaría igual.

Antes, Sophie dormía dos casas abajo. La visitábamos a comer, incluso a desayunar. Nos gustaba mucho su novio, Mauri, el músico loco. Pero Mauri no pudo ser perfecto, al igual que Dante, ni Víctor tampoco, ni François, ni el resto. Al parecer hablaba demasiado, y decidió dejarle. Lo hizo abandonar el piso. Aquello ya trajo problemas, y no fue de menos cuando lo abandonó ella, y se mudó a la clínica, y las calles del Pozo quedaron vacías. Si por lo menos el jardinero hiciese bien su trabajo, y quitase el acúmulo de hojas a un lado, para poder caminar por un suelo visible, y no tropezar con más angustia, sollozos y maullidos, y cerrar de una vez por todas un capítulo, y pasar al siguiente, libro, vida, cuento.

La clínica a la que la querían enviar se encontraba a hora y media de aquí. Facilitaría bastante la recuperación de Claire. Pero claro, son hermanas, y de ellas se esperan abrazos, besos, caricias, conversaciones eternas, contínuas, y al marido esperando fuera, tomándose un café en el local a la esquina de la clínica, y la música del tango, y la gente hablando, y al hombre fumando puros. Si fueran hermanos hablarían por cartas, o se harían visitas de vez en cuando, ni harían esperar al resto fuera, ni lo obligaría a ir. Tampoco, digo yo, que sea mejor, solo que sí más fácil.

Y cuando llegaba de la oficina y me encontraba a mis dos mujeres maullando, y les daba de comer, pude haber confundido sus comidas en algún momento, o tal vez repetidamente. Tal vez metí las espaguetis en el bol de Tigresa y el paté en el plato de Claire. Puede. Puede que fuera esa la causa de sus mutuas delgadeces. Nunca lo recordaría. Llevaba días sin dormir, porque las dos me despertaban por las noches. Si bien antes dormía con la oreja a los labios de Claire, ahora la hacía, pero sin la vieja intención. Ella despertaba, gritaba, y movía toda la cama, y yo me movía con ella. La tranquilizaba. Había noches que salía a la terraza y me encendía un puro. Era entonces cuando Tigresa se acercaba a mí sin maullar, como si supiese que no debía hacerlo por no despertar a Claire, y me acariciaba, y por más que su pelaje estuviese sucio no la podía apartar de mi lado. Veía en sus ojos una anciana luz reluciente, y flojos copos de esperanza, que tal vez, caían poco a poco, en el suelo de las calles del Pozo, como amarillentas hojas secas, de árboles ancianos, como el sollozo de Claire, la carga indirecta de Sophie, y el maullido de Tigresa, que me despertaba a mí, y dormía, por otro lado, a las gélidas calles del Pozo.

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