El domingo del Farolillo

Sus pasos marcaban el tiempo en un orden lento. “Si mi vida fuese partitura, todo estaría en piano”, pensó, y siguió andando. Su sentido le llevó al parque del Farolillo, donde iba siempre, todos los domingos, con su libro en la mano derecha y su camisa de cuadros, medio rota. No la llevaba porque fuese católico ni nada de eso, la llevaba porque en su bolsillo superior izquierdo se encontraba el tabaco de liar. Normalmente fumaba normal, de liar era algo especial, y su domingo era una ocasión muy especial. En el mismo bolsillo llevaba las papelas, los filtros, y el mechero.

Las botas chocaban contra los charcos que había cerca de los bordillos al bajarlos y al subirlos. Le encantaba el sonido del salpicar, y le daba bastante igual que se mancharan las botas, si total, las llevaba por llevar algo, y porque la sociedad se lo decía. Si no, el iría descalzo con total seguridad, lloviendo, nevando o lo que fuera. Más sucias no podían estar. Pero aún más le gustaba ver desaparecer el reflejo de las luces amarillentas de las farolas, y el suyo, en los charcos, al pisarlos. Además de la estética, le parecía su puro estilo propio. Le recordaba al mito de Narciso, aquel que se enamoró de su propio reflejo en un lago. Él odiaba el narcisismo. Por eso se pisaba con fuerza, marcando un ritmo fuerte entre el habitual tempo lento.

Llegó al Farolillo a la hora habitual. Ni tarde ni temprano. Se sentó en la oscuridad, bajo un tobogán del vacío parque, observando las grises nubes y la agradable soledad. Metió los dedos pulgar y corazón en el bolsillo de su camisa y se lió un pitillo. No tardó en liárselo, tampoco en encendérselo. Mientras se lo fumaba leía un poco de su libro. Rilke era uno de sus poetas preferidos, y lo leía con entusiasmo, sobre todo esas cartas a un joven poeta. De ellas aprendía mucho. Él mismo llevaba días sin escribir, y no encontraba motivos por qué hacerlo. Cuando leía a Rilke volvía a encontrarlos. Y cuando llegaban los domingos y se sentaba bajo el tobogán del Farolillo también.

Algunos se visten de camisa los domingos, para ir a misa, y rezan. Otros se visten de camisa para ir al Farolillo, y fuman, y leen, y piensan, y observan, para luego poder escribir, leer, pensar y fumar, y para trabajar el resto de días y estar ansioso por que lleguen los domingos, vestirse de camisa, e ir al Farolillo, a fumar, leer, pensar, observar y escuchar. ¿Escuchar el qué? Nada. Solo melodías en tiempo lento, leídas de unas habituales partituras vacías.

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