La crítica silenciosa.

—No se trata simplemente de criticar, sino de encontrar diferencias, similitudes, y obtener conclusiones. Y cambiar algo. ¿Acaso somos políticos? No, nosotros, el pueblo, respondemos ante propuestas, no con palabras, sino con acciones.

Levanté la taza de la mesa. Siempre me decía que la posara en el posavasos, que para algo estaba. Nunca lo hacía. La leche se había derramado, formando un anillo sobre la superficie. Se le veía inquieto, pero traté de contestarle de alguna manera para distraerle. No sabía cómo. Estaba de acuerdo.

—Estoy de acuerdo. – Siempre estaba de acuerdo. No recuerdo un punto de la conversación en la que le haya criticado, o contradicho. Pero sencillamente, Martin no me permitía hacerlo. Si en fin, para él no era nada más que un oyente de entre muchos otros, insignificante, aburrido.
—¿Sabes? Creo que la única diferencia entre nosotros y el resto es que nosotros buscamos diferencias, y ellos similitudes. Quiero decir, también comparamos y eso, pero, por ejemplo, los políticos, intentan buscar similitudes con otros países, como sería decir, el PIB ha disminuido a un ritmo parecido al de Alemania, por lo tanto está bien. En cambio, nosotros no diríamos eso, nosotros diríamos, en este caso, que el PIB ha disminuido, en diferencia al año pasado, o que es el valor absoluto menor de hace tres años. Somos realistas, creo.
—Hiperrealistas.
—Eso.

Sonó el pitido de la máquina de pan. Él no tuvo que levantarse a por ella, estrechó el brazo y la apagó con el dedo índice. La cocina era pequeña. Lo que inquietaba sobre todo eran esas largas escaleras de acero que se encontraban en frente de la ventana, junto al balcón que pasaba por un lado. Se oían pasos de vez en cuando, y sombras, y a veces algunas caras asomarse y saludar. “¡Hola Martin! ¿Cómo va eso?” y mientras hablaban, yo me quedaba observando como un tonto, así como lo llevaba haciendo toda la tarde, desde que subimos las escaleras, pasamos por el balcón, entramos a la cocina y nos preparamos un café con leche.

—Hablando de realismo. Molly me comentó el otro día un tema bastante interesante. – Martin no se callaba, ni bebiendo. Mientras se enrollaba en sus temas, yo miraba por la habitación. En el instituto me llamaban grillo. No es nada por mi forma de ser o repetirme a mi mismo sin decir nada, sino porque soy un empanado. En lenguaje coloquial, empanado significa grillado. Pero en verdad no estoy empanado nunca. Mantengo un pensamiento constante que no sale de mi mente, o más bien un pensamiento de rana, que salta de un lugar a otro sin parar, hasta encontrar solución, o crítica y poder saltar al siguiente. Así llegaba a preguntarme muchísimas cosas, que resultan normal para algunas pero en verdad son bastante extrañas. Por ejemplo, decir profesores se refiere a hombres y mujeres. Decir profesoras solo a mujeres. Pero bueno, esto solo eran pensamientos sin importancia. Volví a coger la taza de café, y después de beber un trago, la volví a posar formando un anillo nuevo. Martín se dio cuenta.

—Te he dicho miles de veces que uses el posavasos, que para algo está. – Era cierto. – ¿Por qué no lo haces? Esque eres un grillado tío, despierta de una vez. ¿Por qué? Y mira que te lo pido por favor.
—No sé. – Lo sabía perfectamente. Por la sencilla razón por la que no uso tablas en la cocina para cortar pan, fruta, verdura, o para cocinar. La cocina tiene el mueble de madera, que no debería ser simplemente estética, y me importa una mierda que deje marcas de cuchillos, o paridas de esas. Es gastar dinero y material innecesario en comprar estupideces que no hacen falta. Solo hace falta limpiar después de cocinar para que no huela mal, y punto.

Martin se quedó quieto, mirando por la ventana. Muy a menudo pasaban aviones, que resonaban por las paredes y muros de la casa como truenos. Él estaría acostumbrado. Yo no paraba de preguntarme por que no cerraba la ventana. Primero, la gente que pasaba no paraba de interrumpir, y segundo, el ruido de los aviones y las calles era insoportable. Odio que la gente sea tan narcisista y centrada en sí misma y en lo que dice, que se olvida del entorno y de su oyente. Para eso hablas con un muro, oye.

Me doy cuenta sobre todo en el metro, cuando se mezclan tipos de música en altavoces y pienso, ¿por qué no usarán cascos?, y me respondo diciendo que no es más que mostrarse, y decirle a la gente: Hey, que soy muy chulo, que escucho la música a todo volumen y muevo la cabeza como si entendiera el sentido de la música, cuando en realidad soy un egoísta que no respeta la tranquilidad de los demás.

Pasaron de nuevo aviones, y gente.

“¡Hola Martin!”

Adiós.

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5 comentarios en “La crítica silenciosa.

  1. Me gusta mucho esta entrada. No solo la manera en que está escrita, sino también su contenido y lo realista que resulta. Las manías de uno y de otro, el pasado de Grillo, y su estupenda manera de describir sus pensamientos “de rana”. Genial.
    Un abrazo,
    S

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  2. Buenas. Hace como un par de semanas recibí una nominación a los premios Dardo. Solo nomine a tres personas (Principalmente porque apenas conocía mas blogs) Le he estado echando un vistazo al tuyo. Me ha gustado bastante. Enserio. Asique te he añadido a mi lista de nominados (Que por si te interesa te la dejo aquí: http://ravelandia.wordpress.com/2014/10/07/premios/ )
    Enhorabuena por la calidad de tus trabajos. No dejes de escribir. Saludos :DDD

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