Diferente.

El coche apestaba a tabaco. Los asientos traseros, de un color beige que podrían haber sido blancos, decaían sucios, polvorientos y, sobre todo, pegajosos, suponiendo que de alguna bebida refrescante o cubata derramado, o cola rápida, tal vez. Yo quise tomarme un descanso e ir en coche tras la larga caminata que me pegué hasta la gasolinera para hacer autoestop. Cuando me recogió ese coche y me senté atrás no pude ni despegarme. No se cómo, conseguí levantarme, y por eso ahora estaba arrinconado en los asientos delanteros, por muy difícil que resultara aquello. Las bolsas, latas, tupers, y demás basura, hacían imposible apoyar los pies en la cubierta alfombrilla. A mí, y seguramente al resto también, me resultaba agobiante ese espacio. A él no, él estaba tan tranquilo, conduciendo, silbando y gritando, de vez en cuando, a los demás conductores que se encontraban, como nosotros, en aquel enorme atasco.

Yo intenté acomodarme, tuve que tirar un par de cosas al suelo, pero que más daría, si total, la basura acabaría allí de todos modos; pensé; y busqué algún tema con el que empezar una conversación con aquel viejo barbudo.

—Esto… ¿Señor?- El hombre me miró con cara de extraño. Le había despertado o algo, porque se giró muy raudo y asustado, y me sorprendió bastante. Pero finalmente, de entre el blanco de su barba y el sucio bigote amarillento, surgió una sonrisa.
—Joder chico, llámame Alfredo, no señor, así se llaman todos. Yo no quiero ser como todos
“No, si ya lo veo”
—Vale, Alfredo.-El viejo bigotudo se rascó la barriga y tosió un par de veces mientras hablaba, y escupió el resto de sus flemas por la ventanilla.- ¿No tendrías un cigarrillo para mi?
—¡Claro, joder! ¡Miles!
—¿Sí?
—¡Sí, joder!
No pude hacer otra cosa que reírme mientras trataba de seguir hablando con él.
—Pues si es así, ¿por que no me da uno cuando pasemos por Las Matas? Si en fin, ya no queda nada, y tengo que salir allí igual.
—Joder chico…
—Llámame Victor.
—Joder, Victor, si ya te lo he dicho, que yo no paso por Las Matas.
—¿Cómo?-Me dolió mucho oír aquello.- Usted no me ha dicho nada de eso.
—Pues mira, ahora te lo estoy diciendo..-Me estaba empezando a cabrear, mucho, por todo, por el atasco, la carretera, el viejo, el coche, mi constante búsqueda de un cigarrillo, y el puto viejo gritando; ¿Qué más podría haber hecho? Tal vez controlarme, pero no podía, siempre era tan impulsivo. Preparé mi voz. El viejo seguía tan tranquilo, no sabía lo que se le venía encima.
—Pues mira, viejo tocapelotas, tú no me has dicho nada, y eso me cabrea.
—¿Cómo?
—Sí, hola. Estas hecho un puto asco, tú, tú coche, tu barba.-El hombre quedó en silencio.- ¿Te crees especial eh? Pues no eres más que un típico viejo gordo tocapelotas como los demás. Y créeme, los hay muchos de tu especie. Fumas, bebes, gritas, conduces, toses, cantas… Lo único que no haces es recoger, y eso por que eres un puto vago. Eso es lo que les pasa a los hombres como tú, que buscan escusas para ser de una determinada manera. Serás diferente, así lo querrás decir tú, pues yo te estoy diciendo que das puto asco.— El viejo me estaba mirando, con cara de asombro. Me daba pena. Él no tenía la culpa de nada, sé perfectamente cómo comportarme en realidad. Conozco eso que hace el ser humano en sociedad de mentir callándose, pero no podía. Los labios controlaban mi mente. Pero en realidad, siendo sincero, siempre quise hacer algo así. Podría ser una especie de experimento en mi subconsciente. La verdad, no lo sé. Solo conozco la realidad, el resto me da igual. Y deberíais haber visto cómo me miraba, desconcertado, atragantado. No quise hacerlo, os lo juro, pero no pude de otra manera.
—Sal de mi coche. – Me dijo con voz seca. Orden, era una orden. ¡Una orden por dios, por fin! ¡Por fin alguien que me dice qué debo hacer!
—Lo haré, pero con gusto.
—Vete.- ¡Sigue! ¡Por favor!
—Me voy.
—¡QUE TE VAYAS DE UNA PUTA VEZ DE MI COCHE JODER!- ¡Si! ¡Una orden! ¡Mi día de suerte! ¿Calefacción, agua, luz, cama? ¿Quién necesita eso? ¡Órdenes! ¡Yo necesito órdenes!

Salí del coche sonriendo, os lo prometo. Nunca había estado sonriendo de tal manera. Y nunca, por cierto, había visto un atasco tan largo. Miraba al salir del coche despresuradamente, y veía filas, hileras, larguísimas, de kilómetros, que llegarían con total seguridad hasta la montaña, a Torrelodones seguro, a Villalba también, o incluso a El Escorial, o a Los Arroyos, a la casa de mi amigo.

Por fin el viejo logró que me fuera, pero antes de salir me gritó algo. En serio, era mi día de suerte. Y junto al grito: “¡Hey, niñato!” Cayeron tres cosas del cielo. Lo primero fueron más palabras. “Y hijo, si algo aprenderás en un futuro, es que, ser igual no quiere decir comportarse como un animal, es decir, como el resto, sino tratar de no comportarse como uno. Y ahora, como un puto animal callejero, pírate por ahí.” – El coche arrancó-. Tras avanzar un poco su coche hasta el más cercano, atrapado entre demás seres iguales, recibí mi segundo regalo. Fue algo húmedo, un escupitajo, pero no me alcanzó. ¿Me lo merecía? Pero lo tercero fue aún mejor, y es lo que más agradecí en ese momento. Una cajetilla de tabaco. Mientras me senté para reflexionar, esperé un poco a que el viejo se alejara, y cuando su coche se había alejado, me levanté,  saqué un cigarrillo y pedí fuego a un conductor que tenía a mi lado. Seguí caminando por la autopista, junto al resto de individuos, o animales, fumando, cantando y disfrutando de las vistas. Siempre me gustaron las granjas, pero esa era la puta mejor granja que había visto en mi vida.

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