Relatos de Asturias

En Llanes la lluvia no cae como en Sheffield. Allí, los millones de goteos que nutren la tierra caen con intención, intensidad y lentitud. Caen esféricas, caen tristes, caen agitadas, pero siempre caen. Y sobre todo cayeron aquel día, con la mayor furia natural y caos sobre aquellas dos personas, irreconocibles entre la bruma y el viento, que posaban tumbadas y desnudas sobre la mojada arena de la playa de Torimbia. Estaban solos, como es de comprender. A veces se levantaban, bailaban, corrían, o se bañaban en la congelada agua de mar, sin ningún miedo a nada ni nadie. ¿Temor? Por que temer, sobre todo en aquella ocasión, que podían alegrarse y correr desnudos, cantar, besar, cavar y gritar.

Cuando Sally regresó con paso lento de su corto baño se acurrucó a los brazos de su joven acompañante, le besó en la mejilla, acarició tímidamente su rostro, se inclinó hacia un lado, y le murmuró algo a los oídos. Él sonrió con sinceridad. La lluvia seguía cayendo sobre los cuerpos mojados. 

—¡Libertad!- Gritaban, solitarios.- ¡Libertad, me cago en dios!- Y nada ni nadie les podía oír.

Ambos quedaron en silencio. Hace unos años, Matthew habría sacado el móvil, a pesar de la lluvia, para revisar sus nuevas notificaciones. Dios mío, Matthew siempre sacaba el móvil, en toda situación, y en cuanto lo agarraba, olvidaba lo que tenía a su alrededor, las personas, los lugares, el tiempo, y nunca disfrutaba tanto como lo hacía ahora, sin él. Siempre que lo hacía, Sally lo criticaba. —¿No quieres mirarme a mí en vez de a esa estúpida pantalla?- Pero él se negaba, aunque solo al principio, hasta que comenzó a observar lo agradable que era aquello de mirar hacia el exterior. Y Matthew la comenzó a hacer caso. Fueron las primeras veces que escuchaba a alguien, o seguía consejos de alguien. Por mucho que se le podría llamar persona abierta, siempre estaba encerrado en sus ideas y pensamientos, tanto que, cuando alguien le decía algo a su favor, fuera lo que fuera, él decía que no. Pero en el caso del móvil, al comenzar el viaje, acabó tirado en el fondo de algún río, o en el fondo del mar al cruzar con el ferry, pero con total seguridad con la intención de acabar allí.

Eran las ocho, bastante tarde, pero en sus cabezas no existía tiempo, ni lo iría a hacer nunca. Su caravana se encontraba en el aparcamiento a la salida, en frente de las duchas y aquel pequeño chiringuito, al que habrían ido si hubiese estado abierto.

—¿No te dije que España sería el lugar idóneo?- Decía Sally
—Nunca te dije que no.
—Pues quedémonos, aquí, para siempre.- Estaba extasiada. En cambio, Matthew, no buscaba fantasías principiantes, y dijo pues, lo que diría él.
—No creo que esta playa sea un lugar para vivir.- Contestó en broma.
—No, estúpido, me refiero a Asturias.

Él no contestó. Claro que le apetecía, pero le parecía imposible. Sabía que fuera de España, en Sheffield, le esperaba su madre, enferma, anciana, y la fiebre, y las broncas, y aquella tos cargada, que la encadenaba en la habitación día tras día, sin poder salir, ni pasear, ni escuchar. No le apetecía contestar; por eso no lo hizo, en cambio, se rascó el ojo derecho en su parte inferior izquierda, como lo solía hacer muy a menudo desde que comenzó el viaje, y quedó en silencio hasta que las emociones de Sally se torcían hacia su interior, y poder continuar pensando en aquello que le preocupaba de verdad. ¿Qué estaría haciendo su familia? Levine, su hermano, estaría cocinando seguramente, por eso estaba tan gordo, todo tenía su motivo. Su padre no estaría en casa. “No tengo tiempo para tu madre, ella me ha estado tocando las pelotas durante mucho tiempo” Le diría a Levine. Ahora, su hermano se las llevaba todas. A Matthew le comenzaba a asquear todo aquello, la estupidez de los Heston, la frialdad e insensatez. Por algo se encontraba donde ahora mismo estaba, junto a Sally, la única sensata en todo Sheffield, su única ayudante, y tal vez, su única verdadera maestra.

Matthew se rascó, de nuevo, el ojo derecho.

—¡¿Quieres dejar ya de rascarte el ojo, Matthy?!
—¿Pero qué más te da?
—Pues mucho, a ver si te vas a quedar ciego… – Matthew esbozó una sonrisa.
—Ciego de amor, en todo caso.
—No, ciego de estupidez, por tonto. – La besó la frente, como solía hacerlo. Así comenzó todo aquello. Se conocieron en la escuela, y Sally, tan bajita como era, no le llegaba hasta las mejillas, así, cada vez que se veían, Matthew la besaba la frente y comenzaron las bromas. Al principio con cariño, como amigos, hasta que resultó ser algo serio, y se convirtió en un símbolo.
Matthew se rascó el ojo de nuevo, para molestarla, pero ella ni se inmutó.

Tras su larga estancia, desnuda y mojada, en la playa de Torimbia, decidieron volver a su caravana, secarse con las toallas robadas de su casa, y continuar con el viaje. Mañana Sally cumplía los diecinueve, y el regalo para ella sería una noche en un hostal. Hace meses que no dormían en una cama decente, seguramente se alegraría.

Matthew conducía, de nuevo. De vez en cuando apartaba su mano derecha y se rascaba el ojo, y comenzaban, una y otra vez, las mismas discusiones inútiles de siempre. Así seguía el viaje. A veces hablaban de volver a Sheffield, otras de quedarse allí para siempre. La primera resultaba imposible para él, quien sabe, puede que su padre nunca le perdone su huida, y mucho menos su madre, que, pobrecita, no tenía la culpa de nada. Quedarse en España podría ser la mejor salida. Una caravana y una novia es un buen comienzo.

Las gotas esféricas tropezaban con los cristales y el parabrisas del viejo Volkswagen, buscaban adentrarse y chocar de nuevo en los cuerpos húmedos de Matthew y Sally, pero ya nada, ni nadie, podía entrar allí.

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