La pequeña y humilde iglesia de Michael

La plaza de Saint George se encontraba directamente en frente del local de Michael. A él acudían multitudes. Tampoco se le podría llamar un local grande, ni mucho menos agradable, pero si  tenía algo especial. Era un lugar peculiar. Los cristales imitaban a las de una vieja y humilde iglesia, que coloridas brillaban a todos lados, tanto que al entrar por la puerta, abriéndose en un arco de media punta por entre las paredes, deslumbraban a los visitantes, convenciéndoles a quedarse.  “Michaels Saint George Church” se llamaba su rincón, y a él no acudían curas, ni monjas, ni sacerdotes, ni demás, sino rockeros, vagabundos y vándalos; todos ellos muy majos, alejados de las peleas entre ellos, pacifistas en los bares a los que acudían, y evadidos en sus cervezas. Nunca había problemas en la iglesia de Michael, de vez en cuando discusiones, pero siempre dentro de lo normal.

Todos los días, Michael suministraba periódicos, y por muy extraño que pareciese aquello, los vándalos se paraban a leerlas. —“Los vándalos hemos evolucionado”—Decían entre carcajadas—“La situación se ha vuelto demasiado sería como para pelear sin informarse. Antes solo buscábamos enzarzarnos, tal vez con pocos motivos, y siempre intentábamos meternos en peleas ante cualquier mínimo problema. Ahora hay tantos que ya no sabes ni por lo que te estás peleándo, o quemando un coche, o contenedor, o tirando piedras, o botellas… Por eso leemos, para fijarnos en un asunto de entre tantos muchos que hay presentes, y pelear por ello de una determinada manera.”

A Michael le hacía mucha gracia todo aquello, sobre todo cuando comenzaban a leer, y al fondo cambiaba la música, es decir, pasaba a una más tranquila, y todos ellos, con sus chupas de cuero, sus colgantes, sus gorras y sus lemas comunes, comenzaban a hablar tranquilamente con jazz de fondo.

Había días en los que decidía sentarse en un sillón y relajarse, beberse una cerveza, y escuchar las conversaciones de los vándalos, rockeros y vagabundos, tranquilamente. Era increíble ver como hablaban, tan educados y enterados, sobre temas como el aborto, la educación y demás.

Los vagabundos comenzaban a decir, que por fin no serían minoría, y a ellos se uniría un número elevado del mismo carácter social. Los vándalos estaban de acuerdo, decían que por fin podía haber manifestaciones o levantamientos que servirían para algo. Los rockeros se mantenían alejados. Por muy salvajes que parecían, no querían revoluciones, preferían volverse locos bebiendo litronas, agitando sus cabezas, gritando y bailando. “Nosotros somos apolíticos, nos la suda el gobierno y sus paridas. No creemos ni en Dios ni en Rajoy, creemos en los Rolling y en la cerveza que nos trae Michael.— Michael les miraba y reía con ellos. — Los Rolling y la cerveza son nuestros verdaderos dioses.”

—¡Imbéciles! ¡Sinvergüenzas!-Decían los vándalos.- ¡Sois una panda de desinteresados! ¡Con vuestra filosofía nos iríamos al carajo!- Y mientras tanto, se pasaban el canuto los unos a los otros.
—Vamos troncos, relajaos. No olvidéis quien es el verdadero enemigo. Si en realidad, todos somos conscientes de a quien odiamos.

Y allí estaban, bebiendo de sus litronas, leyendo periódicos y discutiendo sobre política. Y Michael disfrutando del espectáculo. Anda que podía reírse de aquello siempre que comenzaban a discutir, y gritar, y gruñir, mientras se pasaban el porro de mano a mano, con cara de frustración y seriedad, mientras Michael cambiaba la música de fondo a jazz, o tango, o folclore, y ellos no se daban ni cuenta; estaban tan ensimismados y tan interesados, que se les podría llamar políticos de barrio, o algo así. Solo faltaba que se durmiesen todos juntos, los unos con los otros, apoyando sus cabezas a los hombros del de al lado, bebiendo leche caliente y acomodándose en sus mantas de algodón. Todos ellos querían ser listos, intelectuales, cuando aún eran novatos en todo aquello —Unos políticos bebés—, y quien sabe, tal vez lo sean más que aquellos que verdaderamente mandan en este país.

Todos los miércoles llegaba la revista “el jueves”, y a ella acudían todas las pandillas del barrio, se peleaban por su dosis semanal más fuerte, y huían del bar, corriendo unos detrás de los otros y gritando críticas sobre los ladrones a los que perseguían. —Los miércoles son como navidad. Cuando llegan y Michael trae “el jueves”, es cómo volver a casa de mamá y papá, el día de Navidad, y mirar debajo del árbol. Es genial. — Decían los vagabundos, muchos de ellos desahuciados de sus antiguas casas, o simplemente recientes desempleados.

La hermana de Michael, Susanne, se dedicaba a los gráficos mensuales sobre la situación del bar y de la gente que acudía a él.
—Los vagabundos son el grupo de mayor crecimiento real en la actual participación con nuestro bar. Sobre todo desahuciados, que crecieron un cuatro por ciento en las últimas tres semanas. Los rockeros se mantienen estables. Los vándalos están evolucionando, por lo que no podemos mantener estadísticas estables, pero si fueran todos ellos un grupo, todavía estarían creciendo un cero coma tres por ciento por semana, es decir, una cifra bastante estable, pero a su vez positiva.
—¿Y si se estuvieran separando? – Preguntaban interesados.
—Son solo porcentajes, pero si fuera de verdad la separación en el grupo vándalo, estarían bajando los participantes en un tres por ciento al mes. — Todos acabaron sorprendidos. Y de verdad fue así, que el grupo vándalo se estaba dividiendo. Muchos de ellos pasaban o al grupo ocupa, al grupo vagabundo, o al grupo comunista. Estaban apareciendo grandes minorías, desinteresadas en una coalición, que acabarían por desaparecer entre las grandes potencias predominantes.

—Pero no olvidemos quien es nuestro verdadero enemigo.- Se decían los unos a los otros.- Todos tenemos uno, lo tenemos claro. Uno muy grande, tan grande como su estupidez. – Todos reían, y acababan animándose- ¡Larga vida a Michael! – Gritaban todos juntos. – ¡Larga vida a su iglesia! ¡Y larga vida a su cerveza!

Y así acababan todos los días en la pequeña iglesia de Michael. Todos gritaban desde que los cristales coloridos pasaban a la oscuridad, hasta que, a la mañana siguiente, volvían a brillar con fuerza, e iluminaban aquel triste rincón, tan lleno de creatividad y resistencia, para mantener vivo al barrio entero, por siempre.

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4 comentarios en “La pequeña y humilde iglesia de Michael

    1. Si te refieres al mensaje que quiero transmitir, suelen ser críticas a cualquier tipo de comportamiento, al país, a la política o a la sociedad, y si se puede, conseguir algo con ello. Si te refieres a lo que me quiero dedicar, por supuesto a algo relacionado con la literatura, periodismo o filosofía.
      Muchas gracias, un saludo.

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