Prelude No.2 – George Gershwin / Trabajo insatisfecho

Todo comenzó con una base grave lenta, se entremezclaron a ella las bluenotes de su era, que inundaron, en la lentitud de la trama, de melancolía el poco clasicismo que transportaba en su paso delicado por las partituras, que nota a nota fueron tintadas de azul.

Sonó el timbre. Roley se levantó de su sofá, y se encaminó en dirección a la puerta principal. Miró por el ojillo, soltó un suspiro, y tardó lo suficiente como para posar el puro y quitar el cerrojo. Finalmente la puerta se abrió. En frente suya estaba la vecina, una anciana bastante simpática, pero también con una expresión muy cansada. Traía pasteles, y parecía tener frío. Fuera hacia un viento otoñal que arrastraba consigo manteles y hojas secas.

-Hola Ralphy, te traigo un poco de dulce para que lo disfrutes mientras te mejoras. Tu madre me dijo que te encontrabas mal.
-Gracias Colin, de veras, eres muy amable, aunque ya me estoy mejorando, era una simple gripe.- Tosió. Como odiaba en realidad que le interrumpieran mientras escuchaba música y fumaba de sus puros, pero se trataba de la vieja Colin, una pobre demente con un corazón muy agradable, y de unos pasteles con una pinta exquisita, que sencillamente no podía denegar.
-Ah…- Enmudeció, bajó la cabeza y continuó diciendo.- Ay Ralphy que mayor te veo, parece ser que las pasas muy bien a solas desde que tu madre se mudó a Inglaterra. Tienes la casa muy agradable, incluso me atrevería a decir que mejor que cuando Rosie seguía viviendo aquí contigo.
-Más agradable la veo a usted señora- Colin se rió. Que sonrisa tan dulce. – Si le importa, me despido de usted, no quiero contagiarle mi gripe, además hace mucho frío, debería ir a casa.
-Oh gracias, Ralphy, de veras. – Volvió a sonreír. – Un saludo a tu mujer y a los hijos.

Estaba loca, Roley nunca había tenido hijos ni mujer, aún así le prometió el saludo y ambos se despidieron, se giraron, y continuaron con sus caminos. Roley sabía que no volvería a oír de ella en meses, o quien sabe, en años. También sabía que el pastel acabaría degollado entero en su estómago en unos pocos segundos. Se sentó en su estudio disfrutó del pastel, de su música, de su puro y de su libro.

Se aburría. Mientras George Gershwin trasladaba las notas de su mente al piano, Roley disfrutaba de sus bajos, de sus agudos y de su delicado toque de dedos, moviéndolos continuamente, al ritmo de la canción, sobre el humo en el aire de puro que purificaba la sala. Nada más que para pasar el rato. Pensó en hacer algo. En tocar el piano tal vez, o en mirar series en Internet. La verdad es que llevaba días haciendo lo mismo, estaba enganchadísimo a una serie que había encontrado hace poco, los capítulos duraban horas, pero al ver que nada más podía hacer, miraba uno después de otro, sin parar, y a cada capítulo que miraba, volvía a sentirse peor consigo mismo, y cada vez más pesaba su interior. Todo lo que escribía o comenzaba a escribir le sabía diferente, criticaba cada detalle suyo, y de los demás. Y si la gente supiera, que en realidad no estaba enfermo, de mente tal vez, pero no de salud, tampoco cambiaría nada, el seguiría igual. Simplemente no encontraba la felicidad en sí mismo, no podía reír, tampoco llorar, hablar, ni pensar. Seguía disfrutando, eso sí, pero siempre con un fondo húmedo, seco a la vez, triste, melancólico, como el piano de George Gershwin, que tanta armonía le traía, en cada detalle y cada tiempo que transportaba la carga que él mismo quería escuchar.

Uno de esos días, se levantó por la mañana, soltó un par de sollozos cargados de pena, se quedó sentado bastante tiempo y salió al pasillo. No cayeron lágrimas, ni gritos, porque era incapaz de todo aquello. Llegó al baño, y se quedó observándose en el espejo durante largos segundos, en silencio, sin pensar. Se daba asco a si mismo, observaba sus granos que seguían sin desaparecer, sus pelos, tan despeinados, que ni arreglados llegarían a tener la forma deseada; todo aquello insoportable que llevaba evitando días atras. No había llama que prendiera tal penuria, ni el piano, ni escribir, ni fumar, ni bailar. Solo veía su serie durante horas perdidas sentado en frente de su ordenador. No quería ver más capítulos, pero no encontraba otra forma de pasar el tiempo, tiempo robado, eso es lo que era, robado por una pantalla, robando la grandeza de su mente creativa. Lo grande que podría ser si no viviera en la época en la que vivía.

Seguía sin saber qué hacer. Pensó en llamar a Elías, pero después de su enfado incomprensible, no quedaba nadie en su barrio con quién hablar. A cinco manzanas vivía Frank, él siempre le entendía, y era así desde que nacieron, se vieron y comenzaron a entenderse, aún sin palabras.

Llamaron al teléfono.

“Oh si, gracias a dios, alguien con quien hablar”.

Era Frank.

—¡Hombre Roley! Me sorprende que cojas el teléfono. ¿Qué tal te va? Hace mucho que no oigo nada tuyo, ni leo, tampoco.
—Que pasa Frank… – Su voz sonó desinteresada, cuando él mismo sabía que ansiaba hablar con alguien.
—¿Qué te pasa, por que no escribes? – Por fin alguien se lo preguntaba. – ¿Estás preparando un texto largo para un concurso o qué?
—Verás, no es así, ni sabría decírtelo. Ojalá fuese por un concurso.
—¿A qué te refieres? – Como se notaba que era Frank, solo él se preocupaba por la gente, y no andaba por ahí viendo espejos en cada escaparate, como Elías.
—A que no se decirte tío. Dejame en paz.
—Ahora te dejaré menos en paz, lo has conseguido.

George Gershwin seguía sonando delicado al fondo, acorde con la voz de Roley.

—Te lo contaré otro día. ¿Puedo?
—No puedes, sé que no lo harás.
—De acuerdo. – Pensó en silencio, como muchas pocas personas lo hacían. Solo él, y tal vez Frank, eran capaces de hacerlo. Se acordó de lo que le dijeron sus padres. “Los sabios no dicen todo lo que piensan, sino piensan todo lo que dicen. ” Pero era incapaz de pensar. Finalmente dijo algo. —¿Conoces esto de que, ni puedes hablar, pensar, escribir, ni hacer nada que no sea ver la tele? Claro que lo conoces, como no ibas a hacerlo.
—Sí.
—Pues así estoy yo ahora mismo. No puedo hacer nada. En mi mente estoy paraplégico.
—Venga tío, antes eras el tío más activo que conocía. No se lo que te pasa últimamente.
—Yo tampoco lo sé. Sino, te lo sabría contar con claridad. Nunca he sido así, siempre dejaba de lado las pantallas, y nunca a los amigos. El problema no es simplemente ese, iba mejorando, y cuando estaba en fase de reactivación, me encuentro con un mensaje de Elías. Está loco, en serio, le dije que me encontraba mal, aun así sigue pensando en sí mismo. Desde que me contó que era diferente, que le gustaban otras cosas, o bueno, otro género en este caso, ya sabes, desde que me contó que le molaban los hombres, estaba rarísimo. No paraba de comerse las uñas, de hacerse el mayor macho de la historia y eso. Y después, me contó que estaba enamorado de mí. Yo no me lo tomé muy mal. Le dije que íbamos a ser amigos y tal. Pero lo que dicen, de que del amor al odio hay un solo paso, eso es todo verdad, y hombre que si es verdad, nunca pudieron tener mayor razón. Está loco.
—Loco por ti, eso es lo que está. Déjale, ya se le pasará el cabreo. Aunque, en todo caso, sería una amistad complicada.
—Bastante. Pues bueno, cojo el móvil, es decir, paso de mirar de la pantalla del ordenador a la de mi móvil, y me encuentro con un mensaje de un cabreo monumental. Nunca lo entenderé.
—Déjate de estupideces. Me tienes a mí, no te preocupes, piensa en otra cosa.
—Ya no puedo, quiero, pero no soy capaz. Solo soy capaz de comerme los sesos, y bueno, de comerme el bizcocho que me acaba de traer mi vecina, y eso, lo degollo como si no hubiese mañana. Y a veces, pienso que no hay mañana. Habría tantas cosas de las que escribir, pero me resulta imposible. Cojo el bolígrafo, me sitúo delante de mis folios en blanco, y así se quedan, en blanco. Y tal vez deberían de quedarse así. Mi historia que escribir está en la realidad y no en papel. ¿Nunca te ha pasado que has pensado estar en un libro, de esto que dices; esto en la realidad sería imposible, así que tiene que ser un libro?
—¿Cómo?
—Ya sabes. Soy incapaz de controlar mi vida, es como si me controlasen, como si me estuviesen escribiendo, relatando cada una de mis acciones.
—No te entiendo, explicate.
—¡Que esto en la realidad sería imposible! ¿No ves que en la realidad esta conversación no existiría? ¿¡Que sería imposible mantener un diálogo tan largo sin que alguien o algo te interrumpa!? ¿¡No ves que esto solo sería posible sobre papel!? ¿Y si mi dios es un autor, y me es imposible saber lo que me ocurre, porque actualmente mi autor tampoco es capaz de comprenderme? ¡Soy incomprensible!
—Tranquilízate Roley, estas delirante. Tal vez estés enfermo. Si fuera así, el autor podría acabar el texto en cualquier momento. Cuando alguien no sabe como seguir su texto, lo paraliza, lo deja quieto durante mucho tiempo, y puede que se pierda entre el barullo de sus demás historias.
—Te lo digo en serio. ¿Y si solo somos objetos de una novela para un autor mediocre?

La música dejó de sonar. George Gershwin se paralizó, sus dedos dejaron de componer, de compartir, y de disfrutar. El teléfono se colgó, al igual que las voces de los dos amigos. El puro cayó al suelo, pero tampoco quemó la alfombra, porque ya no quemaba, sino sólo desprendía luz. El bizcocho se quedó a medias. La habitación quedó igual, era incapaz de mover nada. En la calle, los coches dejaron de funcionar, el aire dejó de soplar y de llevar consigo manteles, hojas secas, y transportar el frío por cada rincón y esquina del barrio. Todo dejó de funcionar, ¿Y por qué? Porque el autor lo quería así.

Al igual, la historia quedará perdida a medias entre tantas otras historias, volverá a ser leída en un futuro, o no volverá a ser vista por nadie más. Tal vez, los dos amigos seguirán viviendo, pero no mientras el autor se vea insatisfecho como se veía en el momento en el que dejó la pluma a un lugar, se dirigió al salón, a encenderse un puro, y escuchar un poco las melodías melancólicas de George Gershwin.

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