El artista de barrio.

Se dirigió hacia la salida del parque, llevaba su guitarra en una mano, el sombrero de paja en la otra, y las llaves por el cuello. Iba silbando, melodías de verano, canciones folk (a horse with no name) y sonidos propios que tenía en mente. Llegó hasta la puerta, puso el sombrero de paja en el suelo, sacó la guitarra de su funda, tumbó la funda en el suelo, se sentó en las escaleras de la entrada, justo debajo de la estatua de algún héroe medieval, y comenzó a improvisar en la guitarra. Faltaba una paja para masticarla con estilo, así que dejó de tocar, arrancó un hilito de su sombrero, se lo puso entre los labios y comenzó de nuevo. La menor, re menor, mi menor, sol, un ritmo suave, abajo, abajo, dos veces arriba, abajo, arriba, repetía el mismo esquema, añadiendo arreglos, punteos, silbidos, murmullos. “Salí del parque a tocar la guitarra, estatua medieval me tapa la cara, un ritmo sencillo su atención acapara, ojalá tocara como dios manda. La, la lalalala… ” la gente que pasaba miraba a través de su rostro como si no existiera, como aire, o como vagabundo. Calló, soltó la mano de sus acordes, permaneció en silencio. Él mismo sabía que no era algo profundo, algo simple y vulgar, así que buscó algo nuevo. La, la, la, la, mi, mi, mi, re. “No hay dios para tanto paleto suelto, no hay sobre para tanto corrupto absuelto, no hay pan para tanto chorizo. Come más chorizo o acabaremos muertos. Dímelo tú… “. Una nueva melodía y un par de silbidos hicieron que más gente mirara. El tema interesaba a algunos de los paseantes, pero la mayoría seguía desinteresada. “Dímelo tú… ” Re, arreglos en la cuerda aguda de mi. “O nadie lo dirá” La canción acabó.

El artista terminó su día con 20 euros, la mayoría monedas de 20, 50 y 1 Euro. Desde que comenzó la crisis su negocio fue a mejor. Parece ser que la gente toma verdaderamente en serio a los necesitados cuando aparece el término crisis, como si antes no hubiera existido. 20 euros, le valía para comer algo caliente, comprar un bolígrafo o rotulador para la pancarta que iba hacer, y para ahorrar un poco por si le iba mal al día siguiente.

Durmió a la salida del parque, a los pies de algún caballero medieval, en unas escaleras, apoyado y tapado por una caja de cartón, la cual usaría para la pancarta del día siguiente. “No hay dios para tanto paleto suelto.”

Y al día siguiente fue a Sol, con la guitarra en la mano, la pancarta en la otra, y el sombrero de paja puesto. Llegó a la plaza, llena de gente de todas las edades, sencilla, pobre y perdida, como él, todos ellos liberando cantos de moda. Sacó su guitarra, se subió a un banco lo suficientemente alto y se puso a cantar. “No hay dios para tanto paleto suelto. No hay sobre para tanto corrupto absuelto” los manifestantes elevaron las miradas, le observaron, perdidos, miradas perdidas como la vida del artista vagabundo, el cantante y creador de una canción que ahora muchos escuchaban con atención, y solo con interés la gente que se encontraba en su situación, o en una situación parecida. “No hay pan para tanto chorizo. Come más chorizo o acabaremos muertos. Dímelo tú… ” la melodía, pegadiza, llegó al seno de la gente, al corazón del manifestante y a su mente, abierta, que comenzó a silbar, silbidos como los hacía él, y antes de que el artista pronunciara las palabras siguientes, diez, veinte, treinta, o incluso cincuenta personas pronunciaron sus letras con corazón y sentimiento. “Dímelo tú… ” en coro. No tardó mucho tiempo hasta que la plaza entera cantaba las melodías pegadizas del artista de barrio, las melodías que habían sido escuchadas anteriormente, a la salida del parque, bajo la sombra de algún caballero medieval, y las miradas pasivas de los paseantes, que veían en él aire, tal vez sonido, pero solo un pitido. Y ese pitido, se fortaleció, cuando llegó a la plaza y vio en las caras de los manifestantes miles de más pitidos, vagabundos, perdidos en su mente, en busca de trabajo para liberar su descanso, comprensivos, compasivos, activos. Y ellos fueron los que comenzaron a cantar, solo ellos, los que apreciaron su obra. No los de la pijolandia a la salida del parque, creída, que dice ser normal, cuando normal en este país cambia de un momento a otro.

“O nadie lo dirá. ” La canción acabó.

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5 comentarios en “El artista de barrio.

  1. Buen relato. La música estimula muchísimo (y esa letra…) . Tal vez, necesitamos canciones para salir de la apatía.Necesitamos a ese cantautor que denuncia…
    Tal vez, necesitamos decirlo cantando o… nadie lo dirá. ; – )
    Saludo Zulú!

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    1. Muchas gracias. Es verdad, necesitamos cantautores que reflejen la política en el arte, no como lo hacen aquellos políticos desinteresados de la cultura en general, basados en los negocios, los bancos y el reembolso para uso propio. Gracias por el comentario, estoy abierto a más.
      Un saludo!

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  2. ¡Wao, me encantó! De verdad que el público adecuado se encuentra donde menos lo esperas, y la gente “normal” son la cosa más anormal de esta tierra. A veces parece que se hacen los superiores o intelectuales para creérselo ellos mismos. Si lo aparentan lo suficiente, se volverá “realidad”. Lo único que logran con eso es volver de este mundo un lugar más frío del que es. Si tan solo dejaran de darle tanta importancia al status y se detuvieran a mirar qué es lo que su país necesita de ellos, que es lo que en realidad deben ser, la gente valiosa dejaría de ser parte del grupo de los aislados.

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