Buenos Aires y la puerta maciza de roble.

“Que amargura de día” Pensó, soltó una mano de su libro y dejó el cigarrillo apurado caer en el cenicero de loza que posaba junto a él, en el sofá de terciopelo. De sus mejillas caían lágrimas cargadas de tristeza. Llevaba semanas pensando en lo mismo, y el transcurso de su día, no muy corriente, no lo había podido impedir, los sucesos que recorrían su mente, con justificación, no querían salir de ella. Al fondo, en la radio estéreo, sonaba vivaldi, en sus cuatro estaciones, Invierno. La hoguera prendía en la chimenea en leves llamas ahogadas. Inclinó su cabeza hacia atrás, soltó suspiros y murmullos, que intentaron inclinar su mente hacia otro lado. “Qué más me podría haber pasado. Mi trabajo. Necesito algo que me recupere la confianza, antes de que me inunde la droga.” Quedó callado por un instante“¿Atraco? ¿Accidente?. Nada, no sirve” Su cabeza seguía dando vueltas, repitiendo una y otra vez las palabras que acompañaban los días en su última semana, hasta el actual viernes agotador. Mierda, desastre, fatalidad y faena. Y volvió al negativismo con el que había comenzado. “Nadie me dijo que necesitaría justificante, acaso es necesario… Nadie me dijo que cambiaron los horarios.” Volvió a levantar la cabeza, observó unos segundos la hoguera y las llamas que se encogían en frente suya, miró por encima de la hoguera, y bajo el cuadro de su hermano colgaban las fotos de Sofía, su esposa, Marta su hija, y Marco, su hijo.

Quedó en silencio. Solo la hoguera seguía soltando ruido, y calor, chispeante, y bajo su calor, despertó.

Diego volvió a la actualidad, apartó la mirada de las imágenes de su familia e intentó concentrarse en el libro que estaba leyendo. Cuentos cortos, de Julio Cortázar, con un prólogo de Jorge Luis Borges que se había terminado hace un largo instante, pero del que no se podía acordar con claridad. Era incapaz de concentrarse, de leer atentamente y releer su evasión. Leía, eso sí, pero una y otra vez las mismas líneas, tratando de sacar conclusiones fluidas. Imposible. Comenzó a leer en voz alta para enterarse mejor, tal vez para tapar sus pensamientos reales. “El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada. Solo un pasillo, con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño”. Era una simple distribución, una narración simple, como las escribía él muy a menudo, no con el mismo arte que Cortázar, pero igualmente, por muy parecido que fuera no podía imaginárselo, estaba perdido en las hojas viejas de su libro, en las delicadas líneas, párrafos, descripciones y diálogos. La casa parecía un laberinto para él, un lugar lejano; y eso, en su lectura, no era nada habitual.

Se agobió, dejó el libro de lado. Casi lo tiró por los aires pero se acordó del delicado envoltorio que lo rodeaba, de la capa tejida, con cariño, de seda, y su extraño y desgastado color verde. A él le gustaban las cosas viejas, así que lo dejó simplemente a su lado, cerca del cenicero de loza que estaba a punto de volcarse. Podría haberlo dejado en las estanterías de su biblioteca, o haber posado el cenicero en la mesa que estaba enfrente suya, junto a sus ambientados pies, calzados, que se estiraban de vez en cuando, a golpes, agitados, de un lado al otro, lo que reaccionaba en las colchas de su sofá, tambaleándose de un lado al otro. El sofá colchado de terciopelo no era el lugar más estable, pero en sus pensamientos tampoco había equilibrio alguno, lo que hizo agitar a Diego, quien se levantó, cruzó el pasillo dejando de lado los dos dormitorios vacíos, el comedor, el baño de mármol y los muros de piedra, hasta llegar a la habitación de matrimonio. Salió al balcón, sacó de sus bolsillos el resto de documentos del trabajo, el tiquet desgastado del autobús, su cartera, y de ellas las fotos de su esposa, de los niños, las fotos de su boda, de su décimo aniversario, y las tiró todas desde el segundo piso hacia el exterior.

Las luces brillaban en Buenos Aires a las 12 de la noche, y en las calles de su ciudad natal multitudes de parejas, a veces con sus hijos, con los perros, con la familia, o jóvenes con sus amigos, queridos, o solitarios vagabundos, paseaban bajo la mirada constante de Diego, el revoloteo de las palomas, los murciélagos, las golondrinas, y entre ellas, los documentos de su vida. Bajo el ruido de las calles y de sus habitantes tapó una serie de palabras pronunciadas en voz baja, y  susurradas en silencio.

“Sofía” Y Sofía caía. “Marco” Y marco caía también. “Ay, mi pequeña Martita” Y Martita calló, tambaleándose, vista por los lagrimosos ojos de su padre, cayendo los tres bajo los pasos de los vagabundos paseantes de las calles de Buenos Aires. Diego apoyó las manos en la fría barandilla que rodeaba su balcón, perdió la mirada en los bares, las terrazas, más tarde en las calles, en las personas, en las familias, en las luces y en los charcos relucientes, hasta que el metal oxidado de la barandilla, fría, congelada, despertó de nuevo a Diego, que medio dormido metió las manos en los bolsillos de su pullover, y continuó con un paso ligero hacia el interior de su hogar. Cruzó la habitación de matrimonio, salió al pasillo, dejando de lado la puerta maciza de roble, tres dormitorios grandes, la biblioteca, una sala con gobelinos y el comedor. Dio la vuelta y entró en la biblioteca, removió un poco con su barra de acero las llamas de su hoguera, la que recuperó su fuerza vivaz, y brilló de nuevo, e iluminó el lugar con fuerza. Diego dio media vuelta, sacó un cigarrillo del bote de metal en una estantería, fue con paso firme hasta el sofá de terciopelo, agarró con fuerza el libro de Cortázar, leyó, leyó y leyó, y en su ensimismada lectura levantó sus piernas, las posó sobre la mesilla, dio una calada a su cigarrillo, y prosiguió leyendo, concentrado, atento, con toda capacidad de entendimiento ante las descripciones delicadas, los diálogos, los párrafos, las letras y todo su mundo literario. Nadie podía arrebatarle de allí. ¿Atraco? ¿Accidente?, nada serviría. Ahora su mundo era Cortázar, sus cuentos cortos, el cigarrillo que gastaba en su mano, del que daba una y otra vez caladas ansiosas, su salón, su biblioteca, su hogar, el pasillo, las tres grandes habitaciones, la puerta maciza de roble que separaba una de otra parte, y que permitía en Diego, una cierta estabilidad.

Prosiguió leyendo en voz baja, soltando leves susurros delicados. “Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta maciza de roble.” Su voz iba callándose más y más, ocultándose bajo las parrafadas de Cortázar. “Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes, no a otra cosa” Y seguía bajando…“Lo recordaré siempre con claridad”

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