Valores perdidos.

Entró en la habitación. En cierto modo le recordó a su vieja casa del bajo Quenouille: el suelo tapizado, las ventanas de color, y las paredes rellenas de pegatinas, recuerdos, cartas, pósteres de músicos de los sesenta, e instrumentos, tanto habituales como exóticos. Levitaban objetos mediante tornillos viejos y cuerdas de marinero por las paredes de color ocre. A su izquierda, una vieja guitarra folk, quiso ser tocada, callada, pero no pudo ser. A su derecha, incrustada, rebosaba una antigua estantería de madera, que de manera abusiva, llenaba de congas, xilófonos y armónicas de todos los tipos y precios, los pocos espacios vacíos que quedaban. Le recordó, en cierto modo, al mercadillo del viejo barrio quenouille, al estilo horror vacui.

Y en la parte posterior de la puerta, opuesta a la ventana, rellenaban sobre todo señales de tráfico de las calles de Arles los pocos huecos libres, crecidas del espíritu salvaje de Frédéric, implácido, pegadas con un pegamento goloso, que sobresalía presionado por los bordes. Carteles de alta tensión, de callejón sin salida, de conductor principiante y mayoritariamente de pasos de cebra, pintados con spray y rotulador, decorados con dibujos novatos, bonitos a la vez, originales. Claude le envidiaba. Fuera lo que fuera, lo tenía porque lo podía tener.

Desde el momento en el que entraron en la habitación fue creciendo un inquietante silencio del que ni se dieron cuenta. Su amigo, Frédéric, se puso a separar la ropa sucia de la limpia en montones que crecían como pilares del suelo tapizado. Claude cortó el silencio.

—Bueno, Fredi-Preguntó interesado, pero de manera vulgar y despreciable- Y toda esta mierda… ¿De donde tienes toda esta mierda?- Su amigo levantó la cabeza, ocupado, y, cansado de ordenar la ropa, lanzó todos los montones debajo de la cama. Continuó con las sábanas, y mientras las estiraba, contestó a Claude.
—¿A qué te refieres?
—Pues a esto, todo esto, los pósteres, los instrumentos, las tiras de los periódicos, las cámaras viejas, ya sabes ¿De lo que hay en la habitación? Pues todo.-Esbozó una leve sonrisa y maniobró sarcástico.
—¿Toda esta basura dices?

“—Si, y por favor, no sigas preguntando, prepárame la cama, contesta, y déjame solo. – Pensó, pero no lo dijo.- Suficiente me ha ocurrido en los últimos días como para estar vacilándome.”

—Pues, amigo, del rastro, de dónde va a ser sino. Un amigo de mi padre, el moro al que saludamos al venir hacia aquí, tiene un puesto de trueque en el barrio quenouille.
—¿El viejo?
—Sí.-Meditó- Bueno, depende de lo que sea para ti viejo, rondará los 50.
—No, me refiero al barrio. Quenouille viejo o nuevo. Ya sabes, alto o bajo.
—Bajo, el viejo. Me regaló lo que no lograba vender en su puesto. Es muy majo el tío.

Se quedó pensando. Intentó relacionar la trama, cerrar un caso perdido, unir los puntos flojos que le trajeron hasta allí. Recordar su habitación, punto a punto, detalle a detalle, cada esquina, cada señal y pista, cada huella que le pudiera devolver al pasado cerrado, perdido. Para recuperar lo prestado, y de un momento a otro, se vio a si mismo entrar en la ducha de su viejo hogar, respirar el dulce vapor, secarse el pelo con su toalla de escorpión, y salir con el pelo húmedo, a las calles de Arles. Se vio vestirse, y poder elegir entre botas, camiseta, pantalón, y bajar vestido a las calles de piedra, ver pasar bicicletas, paseantes solitarios y parejas agarrarse entre besos del calor las manos y la ropa, vio colocarse la capucha en el cabello húmedo y dudar entre pasear, como el resto de ciudadanos amantes del sol, o entrar al café le monsieur du les couleurs. Se vio a si mismo cruzar la calle y entrar en aquel extraño café al estilo parisino de los años 20, sentarse en un sofá magenta de terciopelo, escuchar el golpeo de las tazas en los posavasos, el sonido de las teteras, cacerolas, y de los demás clientes conversar y hacerse interesantes. Se vio contemplar a una mujer de apariencia interesante, lectora como él, del diario libération. Se vio imitar a la mujer, coger otra revista, y leerla bajo la constante apertura de Wagner al fondo, o bajo los ritmos extasiados de Django Reinhardt. Se vio pedir un café, leer, y escuchar, fumar, acabar de hacer todo aquello, acercarse a hablar con la mujer intelectual, pedir un té en la constante charla de la mujer, mientras, a profundos sorbos, se lo acababa rápidamente, con ganas de más. Se vio oír a la mujer conversar, y cambiar su opinión sobre ella. Se vio decidirse entre te verde, negro, rojo, o lo que fuera, para pedírselo a su vieja amiga, la camarera. Se vio retroceder de la mujer, desinteresado, ver brillar el sol por los cristales del les couleurs, y pensar en Monique.

Y luego, se vio en la habitación oscura de Frédéric.

—Bueno, la cama está lista. Te explico, debido a tu situación, he decidido regalarte una mochila y un par de abrigos. Mañana, cuando partas hacia el norte, tómate tu tiempo, te enseño donde están, te invito a un té verde, negro, rojo o lo que quieras, charlamos un rato y te digo un par de amigos y lugares donde dormir.
—Muchas gracias Frédéric, de veras, no se lo que haría sin ti en estos instantes.
—Pues lo mismo que ahora, querer dormir. Te dejo descansar. El despertador suena a las 7. A esa hora me voy a trabajar. He mandado una carta a los correos de Chaumont. Lleva sorpresa. Supongo que llegará el 14, o 15 de Abril, más o menos, como tú.
—Ese es el plan.
—Vale… Inténtalo. Cuando lo leas, respóndeme, si puedes… – Se quedó pensativo-Te veo cansado, me voy al salón. Duerme bien.

Frédéric salió comprensivo de la habitación, con un paso ligero, tranquilo y quieto. Ojalá pudiera dormir bien. Claude se quedó callado. Se cerró la habitación bajo los pasos y el polvo de Frédéric, y Claude quedó solo, inundado por la oscuridad de la habitación al estilo horror vacui, rodeado de los espilfarros inútiles y decorados del rastro del viejo Quenouille, similares a los que llegó a tener una vez; y en esa oscuridad ennoblecedora, cerró los ojos y buscó adentrarse en el ensueño.

Mañana cogería la bici de Frédéric, “prestada”, visitaría la cafetería de la rue des cortes, y se quedaría observando, anhelando, pensando, mirando y buscando lo que había perdido, buscar el enlace entre Quenouille nuevo y viejo, y quedarse cabizbajo, en busca de los viejos valores perdidos. Y entre el desaparecido tintineo de las tazas sobre el posavasos, la música de Wagner, o las extasiadas melodías de Django Reinhardt, los colores de los paseantes, los sofás, las tazas, la moda y las calles, se vería posar triste su taza de cartón en el suelo, e irse vacío, hacia su ruta, y su deseo anhelante de inflexion.

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