Tarde de otoño

Pasaban coches, mirando tristes una vida feliz, pensando envidiosos en el calor de su persona, el calor de una persona endulcida por el calor del ocaso, el transcurso del tiempo y el reflejo de la luz tardía condensada en el asfalto.

Disfruta del frío exterior una vida interna, que observa, como del calor de la cercana noche surge el silencio, desaparecen los coches, las melodías, el ruido, y permanecen el olfato, la vista y el tacto.

Pasó un suave flequillo gélido. Su nariz tembló. En aquel momento llegó a oler castañas en el humo otoñal y sintió, que de su olor, brotaba el sabor seco, junto a la suavidad del vino tinto, el dulce del caramelo, la tranquilidad del café, y el descanso de la manzanilla.

Observaba.

Y qué silencio tan ruidoso tenía aquello, que rompía cuando pisaba las hojas rojizas, que cubrían amarillentas a las ancianas marrones.

Y pensó, ¿En qué pensó? Pensó en llegar a casa y hacer todo lo que tenía previsto. Sentarse junto a la chimenea, leer un libro, llevar las castañas al fuego lento, apreciar la luz humeante de su hogar, tumbarse, y del sueño lúcido, comenzar a soñar.

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