Incomprendido

Lejos se acercaba una tormenta, pero todavía inaudible, se tranquilizaba el caminante por su interior. En el pueblo no se oía nada, ni coches, ni pájaros, ni lluvia, ni viento, ni música.

Iba bajando la cuesta principal, caminando de vuelta a su casa, silbando melodías extrañas, retorcidas, crueles, agarrando el pan fresco recién comprado, que desprendía un olor dulce y suave, observando las miles de luces que se desprendían de Madrid. Sus manos, sudorosas, le temblaban. Sus pies, torpes, tropezaban a cada tercer paso. Tropezó con una piedra al golpearla, con una grieta al sobrepasarla y con el bordillo al subirlo. Comenzó a soltar sollozos al levantarse de él.

Se sentía extraño. Llevaba días con una fiebre leve, acompañada por dolores de tripa, mareos y jaqueca. Pensó que se le habría pasado pero volvía a sentir los mismos. No lo aguantaba, esperaba ansioso el momento de llegar a casa para cobijarse en su calor. Se dejó la chimenea encendida antes de salir, distraído, se acordó corriendo, desequilibrado, mientras le llegaban olores a leña quemada procedentes de la chimenea de un vecino suyo, y pisando fuertemente el bordillo de su urbanización, siguió corriendo hasta la puerta de su jardín. Se agachó a abrirla y la cerró de nuevo. La abrió por última vez, dio cinco pasos exactos hasta la puerta de su casa y se quedó parado en frente suya, mirando por el cristal, desde fuera hacia el interior, buscando movimiento y observando las luces que se había dejado encendidas a propósito. En el momento en el que quiso abrirla, sintió en sus piernas un leve roce. No se asustó, para nada, pero se inquietó. Se le pagarían los pelos, los sucios pelos que los gatos no se limpian bien, que contienen enfermedades en su capa descuidada, y contraería una estúpida enfermedad por su culpa. Enfadado, lo apartó de un empujón de su camino. Por suerte estaba acostumbrado a esas acciones.

Al abrir la puerta entraron ambos con gran rapidez, cada cual a lo suyo, el gato a la comida y el amo al sofá. ¡Ay el sofá! Recordó por un momento su manta de algodón que acababa de comprar por Internet y anduvo con ansias hacia ella, donde finalmente se escondió.

Le estaba volviendo la fiebre.

Los médicos dijeron que no tenía nada por lo que preocuparse, ningún temor. Decían que simplemente sería una jaqueca ocasional, mezclada con el resto de virus que abundan sobre todo en este otoño. Dijeron que posiblemente lo habría contraído por el contagio de los alumnos a los que daba clase. No quiso acordarse de sus alumnos. Tampoco quiso creer a sus doctores, sabía que no se sentía bien, sabía que era un incomprendido, como siempre, y que en su cuerpo todo se sentía diferente. Se sentía más alto, más flaco, más débil, más mareado y nauseabundo. Tenía más hambre, más sed, sueño, asco, e inquietud. Todo ello le preocupó bastante, tanto que cuando comenzó a sentir sus primeros síntomas investigó a fondo por su enciclopedia durante tres horas, hasta encontrar un término llamado Giarda. Y dios, cuánto se preocupó. Incluso comenzó a sentir esos mismos síntomas a medida que los leía, y se puso más triste y enfermo y solitario e incomprendido. Pero las preocupaciones no le sirvieron de nada, le sirvieron para dirigirse al médico por séptima vez en dos semanas y escuchar lo mismo de siempre. Antes de ayer pensó tener Esclerosis, hace tres días Halitosis, hace cuatro una fuerte Gripe, hace cinco Otitis, y hace seis leves indicios de tumores. Llegaba una y otra vez a la clínica, enfadado, gruñón, y le repetían lo mismo de siempre, le decían que aquello era imposible, le hacían pruebas, le buscaban información adicional, le contaban estadísticas, curas, medicamentos, e incluso tratamientos horribles para asustarle, pero aún así, él seguía igual de convencido.

Y así se sentía ésta vez, tan convencido como siempre. Ésta vez con Giardiosis. Estaba plenamente seguro.

Se sirvió una taza de té verde, se acercó con ella al fuego y jugó un poco con las cenizas.

—Y si muero, quiero ser incinerado, y que lo sepa todo el mundo. Además, escribiré una carta echándole la culpa de todo a los médicos, esos asesinos. ¡Vagos! Eso es lo que son… Espero que les incineren como lo harán conmigo.  

Estaba tan convencido de que le iría a ocurrir todo aquello, que se buscó un papel y escribió su herencia. El sofá para la prima Ester, el cuadro para la tía Viviana, el espejo de su habitación para su hija Lili, los muebles de interior recientemente comprados para su hijo Teo y el resto de su casa para su mujer, Olivia. Estaba perezoso por lo que decidió ceder una mitad de todo el resto de sus posesiones no nombradas a su primer hijo, Thomas, con el que llevaba siete años sin hablarse, y la otra mitad para sus queridos alumnos de escuela.

Pero no tenía hijos; ni Lili, ni Teo, ni Thomas; ni tampoco mujer, ni primos, ni tíos; ni espejo en la habitación, ni muebles de interior recientemente comprados; ni tampoco queridos alumnos de escuela a los que daba clase; ni nadie.

Cansado, cogió el bolígrafo y lo lanzó a la chimenea.

—Pobres todos, si supieran que no me volverán a ver en la vida. Malditos médicos.-De sus ojos se apoderó un repentino tic, que se repitió en forma de parpadeo incontrolable. – Y si esos bastardos piden tanta paz de mí, que tengan guerra, y que no acabe nunca.

Removió las cenizas por un rato. Finalmente sacó el bolígrafo de ellas con la mano; removió su taza de té con él, y bebió un largo trago, lo suficientemente largo como para quemarse la garganta, y soltar un grito, incomprendido.

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