Un frío inocente.

Era invierno, creo, pero no recuerdo bien. Pero eso sí, hacía un frío que mata putas. No siempre iba por el pueblo con la misma pandilla, pero si me juntaba de vez en cuando, sobre todo por Simón, a hacer algunas payasadas con ellos, como vacilar a conductores, a los coches que paraban en los pasos de cebra, a ancianos inocentes, y todas esas cosas. Y qué mal me siento por ello. No era un día muy especial, hacíamos lo de siempre, que era atarnos los cordones cuando paraba algún coche. Conseguimos hacerlo un par de veces, pero comenzó a aburrirnos, y tal vez el horario no fuera el más apropiado, sábado, por la noche, muy cerca de las dos y media, y lo recuerdo bien porque yo ya debía de estar en la cama a esa hora. Escogimos un paso de cebra en frente de una casa de piedra, donde ahora hay señales de advertencia, un bache y algún que otro semáforo, a pesar de que no solía pasar mucha gente por allí, al igual que ahora. Pero las quejas de los vecinos llegaron al ayuntamiento, y seis meses después comenzaron las obras. Esa mía Castilla la Mancha, además de abandonada, tiene muchas carreteras rectas en tramos largos, donde cualquiera puede pillar la velocidad que le apetece, y entre ellos me incluyo a mi mismo. Y dios, que frío hacia aquel día, los chicos íbamos en manga larga, sudadera, chaqueta y pantalones que abrigaban mucho, aunque igualmente teníamos frío. En cambio las chicas, mostrando piel, iban en pantalones cortos, tan cortos que les tapaban las sudaderas militares pareciendo que no llevaban ningunos. Ellas nos observaban desde un pilar en el que estaban sentadas mientras nosotros hacíamos las payasadas para entretenerlas e impresionarlas. Siempre había uno que quería ser más gracioso que el otro, gritando, tirándose al suelo, saltando encima de las chicas, y recuerdo bien que esa noche, Elisabeth, la hermana de Isa, se fumó su primer cigarrillo. Dios mío teníamos 13 años, y nos creíamos los más chulos del pueblo. Mientras Pablo le quemaba el pelo a Isa, y otros tres se reían descaradamente hasta oler el quemado, Simón y yo estábamos haciendo coñas, cruzando el paso de cebra una y otra vez, algunas haciendo la croqueta, otras imitando a un viejo lento, y otras atándonos los cordones. Y todo iba como siempre. Nos llevábamos insultos de muchos de los conductores, aunque otros se reían, quién sabe si con nosotros o de nosotros. Atrás se oían los gritos de Isa y las risas de los demás chicos. Las chicas se habían enfadado bastante, pero aún así les parecería gracioso.

Mi amigo y yo cruzamos el paso de cebra por sexta vez consecutiva, mientras se oían los gritos de Isa.

Y ese vocabulario, diccionario manchego, muy de pueblo, y de lo más normal, se oía en gritos por todo el pueblo.

—¡Joder, que me has chustao hijoperra!- Ellas se indignaron, como siempre, no lo suficiente, y al fondo se seguían oyendo risas descaradas. De entre ellas surgió la voz de Alfredo, la más fuerte de todas.
—¡Es pa que aprendas, guarra!-Los chicos se reían- ¿No ves que hace frío? , tápate esas piernas tía.

Sus amigas se bajaron del pilar y persiguieron a los cuatro graciosillos, y hasta que no volvieron, Isa se volvió a casa indignada, dejando a su hermana sola.

Simón y yo volvimos a cruzar. Él hizo la croqueta, con lo frío que estaba el suelo, mientras que yo me encontraba riendo en la acera de en frente: “Ya verás, este coche tiene pinta de cabrón.”

Y muy cabrón.

Acababan de volver las niñas, a los hombros de los chicos, riendo y ligando. Vieron que Isa ya no estaba, así que se quedaron mirándonos por un rato. Ellas se volvieron a sentar en el pilar, y los demás se quedaron de pie, hablando entre ellos, riendo y vacilándose.

“Ya verás cuando pare este, les va a hostiar pero bien.”

Simón seguía haciendo la croqueta. Recuerdo que se descontroló un poco, se le fue un poco de las manos la dirección, así que giro un poco más de la cuenta hacia la derecha.

Las farolas parpadeaban. Yo no me enteraba bien de lo que estaba pasando, tenía las manos en los bolsillos del abrigo, apretando fuerte en la tripa para evitar las risas. Me estaba congelando.

Pensé en aquel momento en avisar a Simón. El seguía a su bola, rodando por el paso de cebra descontroladamente. El coche se acercaba a toda prisa, que así no quise detenerle. No se lo que se me pasaría por la cabeza en aquel momento, pero que aguafiestas sería, si detuviera toda esa guasa.

Guasa.

El coche se aproximaba, sábado noche, el conductor medio borracho, y Simón por el suelo de la carretera haciendo el ganso.

Tenía que avisarle, pero mi voz estaba muy débil. El tiempo era justo, así que me lo tomé en serio. Estaba asustado, evitando las risas, e intenté avisarle con un par de gritos desesperados.

– ¡Simón!…- Preparé mi voz, tosí un par de veces, sin la menor intención. Me costaba mucho gritar en aquel momento. Pasé un instante en un silencio afónico para inciar otro aviso. – ¡Simón joder! ¡Que no para joder! ¡Simón! Tuu.

En las caras de los demás se hizo el silencio, en rostros perplejos e inocentes, cansados, jodidos y atónitos, surgió una necesidad de no mirar. Pero siguieron mirando, callados.

—¡Me cago en la puta Simón! ¡¿Esque estás sordo o qué?!- El coche seguía acercándose. Yo estaba desesperado, tratando de que me entendiera de alguna manera, buscando la solución correcta de avisarle. Simón estaba sordo, no me entendía, ni me oía, ni quería hacerlo. Estaba en su mundo como solía estarlo, y justo aquel, en el peor momento.

—¡QUÉ NO PARA COÑO!

Y el coche seguía avanzando, las farolas parpadeando y el silencio permanente. Pero no por siempre.

Y pienso.

Si por lo menos aquel chico hubiese sido sensato, hubiese oído frenazos, o avisos de los demás. Si por lo menos se hubiesen quedado encendidas las luces de las farolas por un solo momento. Si me hubiese ido a casa a la hora que me era debido. Si no hubiésemos sido tan gilipollas los dos, y tan creídos. Pero no hubo frenazos, tampoco gritos, ni luz, ni silencio… Y en el último momento, Simón levantó la cabeza, asustado, incrédulo y perplejo. Se quedó quieto sin saber qué hacer. Su mente, paralizada, se encontraba tan mareada como la del conductor, y el conductor, tan borracho como iba, no le vio hasta golpear en él.

Lo sabíamos todos, fue insensato, por mi parte y la de todos. Por el silencio, por el frío y por el crudo en sí. Por el conductor y su víctima, joven y culpable. Por las dos mentes mareadas, y de esas dos mentes, solo una consiguió permanecer. Y la restante, quedó apagada.

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12 comentarios en “Un frío inocente.

  1. Hola. Fuerte y nostálgico relato de verdades que nadie cree que ocurren hasta que les pasan. Me ha hecho pensar y recordar…
    En cuanto al cine, me gustan buenas películas al margen de su nacionalidad pero si alguien tiene una sugerencia, como ya han dicho, “no dejes de mencionarlas”
    Nos seguimos leyendo. Saludos

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  2. Ese simon, muy payaso y distraído le veo…
    Muy bueno, me ha gustado. A los 13 años se hacen muchas tonterias, ¿no te pasa que te preguntas como te han podido soportar las personas que conoces?

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