Dogmas de actualidad.

Se dirigía a casa. Tenía los labios hinchados, el pelo despeinado y la frente cicatrizada. Iba cojeando, maldiciendo todo lo que se le ocurría, y mientras, entre maldición y maldición, buscaba las llaves por los bolsillos. Se paró por un momento, pensando en la posibilidad de haberlas perdido, pero las encontró poco después. Un poco más tranquilo siguió andando. Ya se encontraba cerca de casa, cruzando el jardín. Sacó las llaves del bolsillo, justo al momento de pisar la alfombrilla que había en frente de su casa. Logró encajar las llaves por el cerrojo tras varios intentos fallidos, giró la muñeca, entró al pasillo y cerró la puerta de un portazo. Y de tanto cansancio, se lanzó al sofá.

Manchaba el sofá blanco de sangre, proveniente de muchas partes de su cuerpo, lo que pareció no importarle. Se susurraba a sí mismo, mientras comenzaba a girarse bruscamente, con agresividad e ira, cuando de un momento a otro lanzó un grito, sollozador, que tembló por toda la casa:

-¡ME CAGO EN LA PUTA QUE PARIÓ A ESE GRAN CABRÓN!- Abrió mucho la boca, demasiado, y se le vieron los dientes, ensangrentados, torcidos, desnivelados e incluso, alguno más que otro, medio rotos.- Y mira que se lo dije eh… Que yo no quiero peleas, que solo es un debate. Maldito dogmático de mierda.- Comenzó a burlarse de él, como siempre solía hacerlo, a las espaldas de sus amigos- “Siempre con respeto y corazón”. Si si, eso decía, luego pasan tres segundos y me veo con su puño en la cara. Puto facha.

Se le ocurrían muchas cosas. Pensó en hacer las maletas, o en escribir un libro, o en leer uno. -Tal vez Mein Kampf- Se dijo a sí mismo, bromeando, y siguió pensando. Pero no actuó siguiendo alguna de las propuestas anteriores. Su casa era demasiado bonita para abandonarla, el tiempo que tardaría en escribir un libro le haría olvidarse del cabreo, lo que no quería que pasara, y si leyese uno, no podría ni concentrarse.

Por lo tanto, sacó su zippo y se encendió un cigarrillo, dos, tres, y más, mientras tarareaba melodías de Bob Dylan, haciendo aros de vez en cuando, apartándose la sangre de los ojos, agrietando la cara al rozar sus heridas y limpiando su continuo goteo de sangre con un gesto ensangrentado. Tenía heridas por toda la cara. Le goteaba sangre de la nariz, de la barbilla, de las orejas. Tenía manchado el poco pelo que le quedaba, y las patillas. También la ropa, que se ensuciaba más y más con las cenizas de sus cigarrillos. Cuatro cigarrillos, y no paraba. De tanta sangre y humo su casa quedó maloliente, más desastrosa y sucia de lo que se encontraba anteriormente, tan maloliente que resultaba incluso impensable que pudiese seguir pensando. Incluso el más viejo del pueblo no podría aguantar un segundo de ese olor tan nefasto.

Pero seguía pensando, criticando, filosofando, planteándose cuestiones a si mismo, mientras el olor del siguiente cigarrillo envolvía su sucio entorno de saciedad.

Y preguntarse se preguntaba muchas cosas. Que qué hacía con esos amigos, que por qué debía soportar a tantos irracionales, hipnotizados, sectarios a lo largo de su vida, y muchas más cosas que pasaban por su razonable cabeza en aquel instante. Pero a la vez que seguía planteándose temas varios, trató de quitarse, cansado y ensoñecido, todos sus feos de la cabeza. Chustó el último (séptimo) cigarrillo que tenía. Sacó otro paquete pero no lo abrió. Se giró y llenó de un agresivo escupir de flemas ensangrentadas el suelo tapizado. Quiso soltar la carga de nuevo, pero no de un grito. ¿Y qué hizo entonces? Pues se levantó, fue hacia la nevera y sacó un yogur. ¿Yogur? ¿Eso es todo? Si, y se paró a pensarlo por un instante. Cualquiera de sus ex-amigos hubiese ido al garaje a darle patadas al saco de boxeo, o si eso, al jardín a lanzar piedras o cuchillos. En cambio Laureen prefería descansar, filosofar, escribir, criticar, como lo hicieron los primeros filósofos en la Antigua Grecia. -Y por algo la llaman la Antigua Grecia, – Dijo en voz alta- Tan antigua que se ha ido perdiendo la costumbre de pensar a lo largo de los siglos. Quién sabe lo que será de nosotros en el futuro, tal vez volvamos a ser simios.

Laureen apartó de una patada la ropa que se encontraba amontonada en su habitación, observó su cama y se quedó pensando por un momento.

Sacó la maleta de debajo del armario, metió todo el montón de ropa sucia en ella, el paquete de cigarrillos sin abrir, dos o tres yogures, uno de ellos se lo acabó de un trago, y bajó a la entrada a ponerse las botas, el abrigo, la bufanda. Buscó sus orejeras, alguna que otra manta, y dos pares de guantes por si uno se mojaba.

Se hizo convencer a si mismo de que estaba preparado para todo aquello. Pisó la calle, avanzó unos pasos y miró en su reloj. Llegó la hora de irse de allí.

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