Las ratas del siglo XXI

—Si no sabes distinguir entre rata y político, es que no lees los periódicos.- Me dijo Arley- Aunque no es tan complicado, la única diferencia: el lugar donde habitan. Te digo que si sacas a una rata de la alcantarilla y la pones a hablar delante de todos los periodistas en el palacio presidencial nadie se daría ni cuenta.

Tuve que reírme, era inevitable. De nuevo me sorprendía con su crítica rauda, avispada, cruda, que se retuerce a sí misma con crueldad y realismo. Pensé en la situación que supondría aquello en la moncloa, y me reí tanto que olvidé por un rato que me encontraba en medio de un debate.

—No se de que te ríes, te lo digo en serio- Me decía con una sonrisilla apuesta.

Traté de concentrarme de nuevo y comencé a dialogar con él.

—Pues verás, estoy de acuerdo en lo de las ratas. Son plagas infecciosas que expanden sus enfermedades, o más bien ideologías en este caso, por el pueblo. Pero mira tío, siempre hablas tanto y nunca haces nada.
—Anda que no, si estoy afiliado.
—¿A si?- Sarcasmo- Pues dime, que haces para apoyar al partido además de votarlo en las próximas elecciones.
—Me informo.
—Eso está muy bien, más que bien. Pero te he oído muchas veces quejarte de tu propio partido.
—Esos hijosdeputa estaban a favor del toro de la vega, era inevitable. No pude soportar oír hablar con tanto patriotismo sobre una salvajada tan medieval e inmoral.
—Medieval, inmoral en este caso es subjetivo.
—¡Joder, sí! -Dio un puño en el canto de la mesa que por poco vuelca el café. La cuchara cayó al suelo.-¡Inmoral que te cagas! Eso de llamarle tradición clavarle lanzas a un toro es como enseñar a tus hijos a clavarle astillas al gato- Recogió su cuchara y trató de tranquilizarse, apoyó el codo en la mesa y se rascó la frente, medio calva.
—Coño pues empieza a clavarle astillas a los de tu partido, que para algo estás. Y mira, si no te gusta como actúan créate uno propio. Puedes llamarlo Partido Antirrata o algo así.

Cambió su expresión por un momento, se rió con sarcasmo, pero volvió a poner cara de cabreo. Arley, siempre enfadado, no hay día que no le veas de mala hostia. Por una parte bien, por la otra una pesadilla. Es como tener que ver todos los días a un hombre dándose cabezazos contra las paredes.

—Siglo XXI, Alfred, ya no se crean partidos, o si eso, los que se consolidan quedan hechos añicos por el bipartidismo en cuanto ganen un poco de popularidad.

Que pesadilla. Odio a la gente que comienza a quejarse y después se caga en los pantalones. Es decir, no los odio, Arley es mi colega, tampoco voy a odiarle por ser así.

Ninguno de los dos quería decir nada más. Arley se levantó y se quedó mirando un rato por el balcón. Así, los dos nos callamos por un rato. Yo usé el silencio para pensar. Pero pensar es muy fácil, demasiado fácil, lo difícil es maniobrar. A veces pienso lo difícil que es ser de letras. Yo, que no me veo obligado a las tareas de aquellos, ya que me visto de bata blanca todos los días, los admiro firmemente. No es lo mismo observar por un microscopio a un órgano diminuto que por tamaño real a una convivencia en su conjunto, en dimensiones actuales. Debe ser duro confrontarse con la realidad y oponerse a sus problemas. Una frustración más y más sólida ante la defensa de los más poderosos. Los guerreros del siglo actual, con impresora, Word, y tinta, con la obligación de afiliarse a un partido con el que no están plenamente de acuerdo, ya que todo se trata de conseguir votos. Esto ya no es el Antiguo Régimen, el pueblo llano ya no es el 95% de la población, sino más o menos la mitad. Ante los ojos de muchos, vemos conformidad ante todo, demasiada. Y que más queremos, tenemos televisores, radiadores, neveras, móviles, etc, y resulta por ello más complicado quejarse de detalles, por muy importantes que sean. Arley es uno de esos, inconformistas, como hacen falta en muchos casos. Él es capaz de verlo todo objetivo, pero es un pesado.

Conseguí salir de mi mente, en la mesa reinaba el silencio. Arley se había terminado el café, se levantó de la mesa, metió la silla dentro de casa y encendió la televisión. Mientras tanto yo seguía en el balcón. Dios mio, cuánto tiempo llevaba sin escuchar silencio. Que poder tan fuerte, y que indicio tan aterrador.

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