Pared fina

Temblaban las paredes, el edificio entero. Yo me acababa de preparar el expresso, cuando comenzaron los gritos.

Nada especial, pensaba, serían los mismos gritos de siempre. Quien sabe, tal vez se haya cortado la mujer al cocinar.

Los gritos se iban intensificando. Ahora se oía también al marido. Aquello no era nada agradable. Sobre todo viniendo de la casa de ese hijoputa.

—Esa familia siempre te trae problemas – Me trataba de tranquilizar a mí mismo, lo que solo resultaba más desesperante. – Acuérdate del año pasado, cuando dejaron a su hijo, de 17, solo en casa.

Pero volví a la realidad, éste no era el caso, ésto era aún más serio. Algo había sido golpeado contra la pared. ¿Tal vez la cabeza de la mujer, una silla, o una mesa, o la pequeña Josie?

Ahora, a los otros dos gritos se unían los de la pequeña, pobre hija, lo que debía soportar. Cuando el hijo de 17 tenía la casa para sí solo, olvidó totalmente a Josie. Ella se quedó un día entero sin comer. Solo a la mañana siguiente, cuando la casa se encontraba sola y Jacque despertó de su incómodo sofá, oyó los gritos de su hermanita.

Y yo lo oía todo por estas finas paredes. Yo mismo avisé a la policía, pero ellos lo ignoraron, ya habían pasado suficiente por este bloque. Yo mismo rompí la puerta cuando olía a animal muerto en su apartamento y ellos no hacían nada. Ratas, montones de ellas. En su casa te podías encontrar con todo tipo de plagas; garrapatas, pulgas, cucarachas…

Pero el servicio social no se ocupa de la familia Gustave, esos cabrones. Totalmente desinteresados e ignorantes los pasan por desapercibidos, y ahora estoy yo aquí, sin ayuda, ante mi decisión.

Temblaba.

No quería más policía en este apartamento, acabarían por derrumbar el edificio entero si esto siguiese así. Así que, con un último trago de expresso recogí, temblando, todas mis fuerzas, y derrumbé la puerta.

Tarde.

En la pared había manchas de sangre. Jolie, encerrada en su camilla en el pasillo, gritaba aterrorizada, mientras al fondo de la escena, su madre, con la cabeza sangrando y respirando con mucho esfuerzo, trataba de decirme algo. Estaba sentada en el suelo de su cocina, y yo podía reconocer en ella, con duras penas, una lágrima caer de su mejilla. Pero seguía viva.

Trataba de decirme algo, mi instinto me dijo que debía tener cuidado, así que agarré un cuchillo. Junto al pasillo de la cocina, se podían ver más manchas de sangre. Había una persona herida.

Mi primera reacción fue cambiar de cuchillo, a uno más grande, con toda la calma del mundo y dirigirme a esa habitación.

Abrí la puerta, con mucho miedo, pero la adrenalina y valentía ya corrían por mis venas. Al fondo de la habitación estaba el padre. Me vio entrar. No dijo nada, dio por supuesto lo que iría a hacer. Años de odio había entre nuestras familias. Grandes etapas de inquietud y cansancio entre ambos. Mi querida mujer, si ella estuviera aquí, nada sería igual. Si las llaves del asqueroso y sucio coche de Gustave hubiesen tardado más en abrir. Si la cantidad de alcohol en su sangre no hubiese sido tan elevada. Si el señor Gustave, por el motivo que fuera, hubiese esperado unos segundos o hubiese tardado un poco más en salir de aquel garaje, en vez de salir como un loco, nada sería igual, ni tampoco estaría aquí.

Solo yo tenía un cuchillo. Él no paraba de repetirme lo mismo, – Me lo merezco, me lo merezco-. Su frase entró como un parásito en mi mente, que repetía al unísono cada repetición del mantra del señor Gustave.

En aquel momento, su hijo Jacque entró en la habitación.

Pero se lo merecía.

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