Nada especial: Cena en la parrilla de Marisol

Era un lugar ciertamente extraño. Las calles estaban llenas de gente, pero no demasiada. Se suponía que eran las fiestas del pueblo, aunque no lo parecía mucho. Al fondo se oían unas voces en directo de cantantes flamencas, probablemente provenientes de la plaza de toros.

El ambiente estaba extraño. El calor de la noche se mezclaba con el húmedo viento, y la carretera llevaba un calor tan dulce que los gatos, centenares de gatos, de todos los colores y razas, no querían apartarse de ella, ni aunque un coche se acercara. Nosotros estábamos en una de las dos carreteras laterales, situada a los dos lados de la carretera principal. De vez en cuando se veían a los conductores salir de sus coches para espantar a los gatos, esperando tener la suerte de que no se sentara otro a unos pocos metros del coche.

La carretera era estrecha, por supuesto hablando de las carreteras laterales. La principal era bastante ancha, ya que pasaba por el medio del pueblo, siguiendo hasta el alargado final del pueblo, donde nos encontrábamos nosotros.

Nosotros tres, mi amigo, el amigo de mi padre y yo, veníamos de un largo trayecto en coche, e íbamos a quedar con mi padre, que había llegado allí anteriormente. Pero era difícil encontrarse. Casualmente, al salir del coche y caminar unos pocos metros nos encontramos con mi padre saliendo de un coche idéntico.

—Ah, hombre. Por suerte estáis aquí, ya me estaba muriendo de hambre. — Le decía a Miguel, su buen amigo.

— Bueno, ya ves que hay muchísimos locales, me han recomendado el Alhambra, dicen que tienen muy buenas tapas.

Miguel conocía a mi padre desde hace bastantes años. Cuando mi padre se mudó con mi madre a un pueblo cerca de Madrid, Zarzalejo, ellos dos, junto a otro amigo, ya iban juntos a hacer senderismo y rutas en bici. Bastante fanáticos al deporte. Pero este no era el caso, se trataba de comer en un restaurante, y en eso mi padre era bastante estricto.

Buscar un sitio para comer, era lo mismo que buscar un lugar para tumbarse a tomar el sol en la playa, podrías pasarte horas buscando lo perfecto, tanto que se te irían quitando las ganas de aquello que ibas a hacer.

Y yo comenzaba a pensar en el caos en el que se podría convertir la situación. ¡Había miles de restaurantes! Todos de ellos casi idénticos, pero distinguibles solamente en detalles mínimos en los que sólo se podría fijar mi padre.

Allí estábamos, andando media hora, por esa calle tan alargada. Junto a mi, y mi amigo, de mi misma edad, pasaban jóvenes que parecían irse a las fiestas del pueblo. Pero no nos daban envidia, para nada, teníamos muchas más ganas de dormir en el refugio al que iríamos después de comer, a irnos a unas fiestas cutres con gente cutre. Nada en contra de la gente de pueblo, por supuesto, pero la apariencia de ésta era muy extraña.

Seguimos buscando, andando bastante tiempo, pero finalmente nos paramos. Estábamos al final del pueblo. Ya solo se oía un fino hilo de la música flamenca, como si se estuviera escuchando a través de un muro, y el número de gente era cada vez menor.

Solo quedaba un restaurante, que era pequeño y feo por fuera. En su entrada ponía un letrero bastante mal colgado: Parrilla de Marisol. El lugar parecía muy descuidado, en serio, el último sitio que hubiese elegido yo. Los demás ya íbamos dando la vuelta, sin embargo, mi padre tuvo una especie de presentimiento, iluminación, o como le quieras llamar. Le pareció gustar mucho, bastante mucho, demasiado.

Discutimos, no mucho ni muy fuerte porque no merecía la pena. Sabíamos que mi padre acabaría por ganar. Sin embargo, esta vez no estábamos tan seguros de su certeza.

En la terraza había un señor de unos 30 años, con una larga coleta, revista y muchas pintas de haber sido sacado de un cómic de Asterix y Obelix. Era idéntico a un galo. Él nos saludó amablemente. Resultó ser el camarero y dependiente del restaurante, al parecer, cocina familiar. Se levantó del asiento donde se encontraba leyendo aquel periódico y nos ofreció esa misma mesa. Aquel tío no era tonto, su sitio era, sin duda, ideal. La luz daba indirectamente en la mesa, muy buena para leer, y el ambiente era perfecto.

Seguíamos riéndonos del lugar. Mi padre nos insistía.

Increíble, la oferta era perfecta. Nos dio una piedra previamente calentada y un chuletón de ternera que prepararíamos seguidamente a nuestro gusto. Estaba exquisito.

Hablamos, bastante. Miguel nos contó experiencias misteriosas, pero con un tono verdaderamente sincero. Él estaba convencido de haber visto a unos fantasmas, hace bastantes años, y de tener una especie de don para asuntos paranormales. Me estaba entrando un poco de miedo, viendo lo convencido que estaba, con sus descripciones y casualidades. —Solo veo fantasmas, en situaciones extrañas, asesinatos. Veo las caras de las personas asesinadas, sus cuerpos muertos, distorsionados, y me entra una sensación fría cuando contemplo las escenas, lo que me recuerda a todas mis anteriores experiencias. Cuando todo se acaba, entro en Internet, busco el lugar, y me sale exactamente la misma situación que había visto anteriormente. Y yo no sé por qué. — De vez en cuando venía el camarero, nos daba datos científicos sobre el lugar al que íbamos a ir, asuntos políticos, historia del lugar, lenguaje, cultura, biología, etc.

Después de toda la conversación, llegó el postre. El ambiente se había congelado por lo de la conversación de los fantasmas. Miré hacia los pisos de en frente. Resultó la casualidad de que la luz que desprendían los televisores en dos lugares cercanos, era exactamente igual. Se encendía y apagaba, cambiaba de color, siempre en el mismo momento. Le dio todo un toque místico a la ya suficiente mística situación.

Nos levantamos, preparamos las mochilas para la caminata hacia la montaña, pusimos música folk en nuestros coches, y subimos hacia el parking. Eran las doce, el sueño se nos había infiltrado en los músculos, como ocupas. El cansancio podía con nosotros, pero todavía nos quedaba una ruta de cuatro horas, y los siguientes días en el “refugio del hielo” , en Gredos, irían a ser espectaculares.

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2 comentarios en “Nada especial: Cena en la parrilla de Marisol

  1. Muy bueno, me gusta eso de salir como personaje en una historia, es una sensación especial.
    Dos cosas, era un chuletón de ternera y no recuerdo bien el nombre del lugar, pero no era ese. De todos modos, el nombre se le parecía y si no es algo no demasiado relevante. Muy bien narrado.

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