Al inundo del noroeste.

Esa mochila, dios mio, estaba harto de esa mochila. Verde, fea y nueva, con pegatinas de un horrendo plástico y dibujos de personajes animados que, seguramente verían todas las niñas en televisión. ¿Y que llevaba? Nada, solo una caja de cigarrillos, con un solo cigarro, y eso sí, cerillas, miles de cerillas; veinte cajitas. Y yo estúpido las llevaba en esa horrenda mochila, a todas partes.

Y pensar que me la dio ese viejo desagradable, que no paraba de hablarme de lo inútil que era su esposa, aquel viejo que me dejó salir en la inapropiada gasolinera, donde sin más que una mochila me tuvo que dejar.

El viejo me contó, justamente antes de dejarme salir del cochd, que quería deshacerse de la mochila, sin más. Y yo, presa inocente, sin haberla visto, la acepté. No me extraña su intención, dos segundos con ella y mi espalda pareció convertirse en Disneyland.

Aquel maldito viejo cambió mis ganas de viaje, mi sonrisa de felicidad. ¿Por qué esa parada? ¿Por qué dejarme salir y seguir con mi viaje? ¿Por qué darme esa mochila para entrar a por cerillas?

Así que, mientras caminaba, me burlaba del viejo machista; encendí mi último, repito, último cigarrillo, escupí una grosera mezcla de babas y flemas al suelo con todas mis ganas, y mientras, de tanto en tanto, soltaba arcadas en tono burlón. Sin darme cuenta, volví a chustar el cigarro aún habiendo dado tan solo dos caladas.

No tardé en despertar de mi teatro crudo y desagradecido.

Como loco me puse a gritar y quejar, revolcándome en el suelo y en mis pensamientos, en alguna que otra lágrima, pensando en lo ocurrido y en su trágico y desaprovechado final. Porque siempre inútiles resultan mis acciones. Tenía tanto en mi cabeza, hasta que, finalmente, lo colapsó mi último y precioso cigarro.

Duerme en paz, dibujé en el suelo, en parte por aburrimiento, y en otra por verdad. Nunca más.

En mi desconcierto lo malgasté. Pero no era mi mente la que lo hizo, sino mis brazos y sus músculos, que sin orden alguno decidieron actuar de forma anárquica y descontrolada, tanto que ni pude disfrutar de sus últimos momentos.

Ahora si que me encontraba solo, totalmente, en el puto culo del mundo, Nebraska. Caminante, vagabundo, solitario. ¿Coche? Nada de eso. Tan solo yo, esa asquerosa mochila, veinte cajitas de cerillas y mi maquinaria mente, única acompañante a cada esquina o a donde fuera.

A donde iba era aún incierto, y donde estaba también, pero donde estuve nunca lo fue.

Mi ruta comenzó, como todo en mi vida, sin intención alguna. Mi conocimiento de la tierra se basaba en Omaha, Lincoln y nada más. Pero comencé, sin saber por qué, a caminar y a descubrir mundo, siempre en dirección noroeste. Crucé campos, tormentas, sequías, hasta llegar a la ciudad de York siempre en autoestop. Hasta entonces nada salvaje y todo fijo, porque no era mi intención.

Se puede decir que mi viaje cambió en dirección a Grand Island. Siempre noroeste, me decía, pero perdí mi brújula. Antes dormía en hostales o en los porches de las ciudades, pero ya no quería más ciudades, estaba harto del ruido y de la gente. Así que fuera de ellas dormía entre lobos, en granjas, cuevas y casetas de caza abandonadas. Me encontré con un indio de por ahí. Yo aún no sabía donde estaba, solo veía una colina extraordinaria y unas vistas increíbles. Decidí quedarme con el viejo indio.

El tiempo pasaba en largas etapas de niebla, sol y tormenta, tanto cálidas como frías, pero aún así el indio era capaz de orientarse. Él me enseñó a hacerlo. Me prestó un caballo y una escopeta, para ir a cazar por él a cambio de una cama y un sitio fijo, siempre y cuando se lo devolvía todo aquella misma noche, y le trajera también, algo de comer. Normalmente perdices, ardillas y armadillos, pero todo lo que localizaba acababa en mis manos.

Todo parecía ir bien hasta que, una noche cualquiera, volvendo de mi caza diaria, me encontré con el indio muerto en la más incómoda posición, encogido, de rodillas y cabeza pegada al suelo, en frente del retrete en la caseta del baño. Le levanté la cabeza; un disparo en la frente.

Sin idea alguna, escapé.

Me enamoré en North Platte. No de alguien, sino de algo. Y ese algo era un paisaje. No me entiendan mal, la ciudad de North Platte es comercial y asquerosa, la vi por la misma razón por la que iba a las demás ciudades cercanas, a por tabaco. Pero fuera de la ciudad no había nada. Solo paisajes de cañones, personajes viejos y pistoleros; como en un falso western de color moderno, pero anticuado. Resultó que aquellos hombres que yo veía y de los que yo me burlaba tanto, no eran tan anticuados como yo creía. Unos bandidos me robaron el caballo y la escopeta mientras dormía. Ni me dí cuenta. Así que de nuevo, me veía obligado a andar, y de nuevo, de vez en cuando, a hacer autoestop.

Me dije que no quería más ciudades. Pero tenía que ir a Ogallala a por comida.

Llegué a bañarme dos veces en el hermoso lago de Ogallala, hasta que una gigantesca tormenta veraniega se puso sobre mi cabeza, y descargó toda su carga con la mayor potencia del mundo. Sin duda, alejó de mí, de un momento a otro, mi preciosa tranquilidad. Inquieto y nervioso, obligado, intenté huir lo mucho de la ciudad como podía, a pesar de estar atrapado entre rayos, truenos, y una lluvia caótica. Finalmente, al borde de la hipotermia, pude encontrar una cueva y un buen lugar donde descansar.

Al día siguiente salí. Resultó que estaba directamente al lado de una carretera de tierra. Allí es donde vino el maldito viejo machista que, sin que yo quisiera del todo, pero obligadamente, me recogió con su jeep y me dejó en la gasolinera.

Después del viejo, mis días se fueron haciendo amargos. Tanto como lo disfrutaba, lo odiaba todo. Sobre todo por no tener nada. Nada humano.

Esa maldita gasolinera.

En la gasolinera donde aquel viejo machista me dejó, hable con una joven cajera. Una preciosa joven. Tenía unos labios rojizos carnosos de un color dulce y natural como nunca lo había visto en mi vida. Sus ojos me miraban fijamente con la mirada perdida en la mía mientras hablaba con los demás clientes. Me situé en frente suya con las cajas de cerillas. Me hablaba tiernamente con su voz de cristal. Nada era falso, todo era real, lo noté, sobre todo en su forma de mirarme. Me miraba tristemente, como si quisiera conocerme, como si viera el entero viaje en mis ojos y en mi mirada, como si estuviera leyéndome la mente.

Finalmente, dejé el billete.

Sus dedos rozaron con los míos. Ella tenía la piel suave como el algodón; no sabría decir si blanca o morena. Cuando la luz le daba directamente en la piel, parecía venir claramente del sur, con un moreno fuerte y dorado, pero cuando se alejaba un poco de ella, volvía a ser del norte. Me fijé en el letrero con su nombre. Se llamaba Marie.

Mientras me iba, notaba su mirada clavada en mí. Sin embargo, no me resultaba nada inquietante, deseaba no alejarme nunca, quedarme allí. No era necesario hablar, el silencio lo decía todo. Fue duro alejarse.

Y yo, estúpido tímido, ni me atreví a preguntarla, pero sé que en ella noté algo, me atraía, como si el instinto me dijera que mi vida estaba, en ella, mientras el reflejo de su mirada me hacía ver un horrible futuro, sin ella.

Marie.

Así que de nuevo, estaba solo. Ni siquiera cigarrillos para liviar mi dolor, y mientras tanto se estaba haciendo de noche.

Encontré un buen sitio, entre rocas y hierba suave. Saqué una caja de cerillas y alejé esa horrenda mochila de mí. La lancé hacia la nada, tan solo para librarme de ella por un tiempo. Estaba nervioso, temblando, sudando. Después de muchos intentos, encendí una hoguera con la alguna que otra hierba seca de mi alrededor.

Quería alejarme de todo, pero mi maquinaria mente, trabajadora cuando no la necesitaba, me recordaba todo. Estaba solo, tal vez por merecido, tal vez por no haber hecho nada, pedido nada, buscado nada. Y tal vez por ello ahora me encuentre lejos de todo lo que tenía, o de todo lo que pude haber tenido.

Sin Marie.

Estaba cansado, y busqué la posición perfecta para dormir mejor. Tardé mucho en dormirme, y hasta que entré en mi mundo del sueño, mejor, en estos momentos, que mi mundo actual, no pude parar, con una fuerte pero al parecer imposible intención de dejarlo, de trabajar en mi mente como un obseso pensador esquizofrénico.

Pensé, en lo útil que había resultado el viaje, lo importante que era salir de esa asquerosa ciudad, y entrar en la nueva vida. En la tranquilidad. Pero desapareció mi tranquilidad.

Lo que daría yo, por tan solo vivir en tranquilidad…

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