La vida de un soñador más

Mis padres me dicen que soy un loco, cuando soy un soñador, y por eso vivo en mi mundo, en una sociedad sincera y cercana a lo real. Vagueando en mi pensamiento sumo años como experiencias, y buenas enseñanzas.

Y hablando de sumar, nunca se me dio bien el cálculo mental, de pequeño ya odiaba las clases de matemáticas, sobre todo cuando mi profesora, la señora Castillos, me sacaba a la pizarra para sus cálculos diarios. Pero bueno, eso iba siendo mi rutina, al igual que cuando llegaban los fines de semana y yo me ponía a escribir en mis cuadernos de matemáticas historias larguísimas. Y cuando volvía al colegio, ¡Esas broncas que me llevaba!: —El cuaderno es de matemáticas. Está para calcular y hacer ejercicios y no para escribir esas historietas absurdas y dibujar estúpidos peluches— decía ella. Pero tanto hablar no le servía de nada. En tres días creé un mundo nuevo en veinte hojas de papel cuadriculado, y una parte de mí pasó a vivir en ellas.

En mi mundo no había matemáticas, solo artistas y soñadores, como yo, y me lo pasaba de maravilla jugando con mis peluches, capaces de hablar en cualquier idioma, e inventarme cuentos e historietas suyas. Incluso me inventé cosas nuevas, idiomas, un globo terráqueo, continentes, países y personas. Mi peluche, Leopoldo, un leopardo del tamaño de mis actuales dedos índice, corazón y anular juntos, reinaba en el país junto a mí.

Pero no se preocupen, esto fue hace mucho tiempo, ya no juego con peluches, pero sí con mi imaginación.

Y también puedo decir que a mí me vino la madurez más temprana que a otros niños de mi edad, y por lo tanto mis filosofías comenzaron a ser adaptadas a la vida real. Comencé a observar, tal y como lo hacía antes, pero obteniendo conclusiones maravillosas. Y así me borré de la cabeza el maravilloso mundo de peluches fantásticos. Comencé a evolucionar en mi pensamiento diciéndome a mí mismo que viviendo en un mundo nuevo, el verdadero quedaría igual, y eso me asqueaba mucho. Comencé a realizar la estúpida ignorancia que se encontraba detrás de mi evasión. Pensaba en las calles de las ciudades, tan sucias como las solía ver, y comprendía que sin hacer nada en contra, todo podía quedarse así por siempre. Y así cambié radicalmente.

Me convertí en viajero, una pasión que me cubría ya de pequeño. Busqué el lugar donde me podía sentir más cómodo. Viajé por Mongolia con una cámara barata, aunque muy buena, que se me rompió rumbo a Kirguistán. Conocí a mucha, gente a pesar de no hablar el mismo idioma. Y en momentos como esos, pensaba en mis peluches, capaces de hablar en cualquier idioma, e inventarse uno propio. Hubo momentos en Kirguistán, que a pesar de no haber sido captados por una cámara, siguen en mi memoria. Kirguistán fue el mejor sitio en el que estuve. Había un lago enorme al que iban los habitantes del pequeño poblado nómada con el que vivía y documentaba con mi pluma y papel. Iban allí a celebrar un festival. Conocí a una joven de una edad cercana a la mía, y me llevó en caballo a una pequeña laguna cercana al festival. Que mona la recuerdo. Y gracias a mi conocimiento del dibujo, por las horas pasadas en mi infancia calcando peluches, conservo un dibujo perfecto de ella.

La despedida fue dura, estuve pensando en ella todo el viaje de vuelta. Pero finalmente llegue a la rutina y a la casa de mis padres.

Como odiaba el estrés de mis padres. ¿Recoge tu habitación? ¡Por dios si soy un hombre adulto, déjame ser libre! Pero mis padres si que tenían razón en la cuestión del trabajo. Y les hice caso, buscaba y buscaba en periódicos trabajos relacionados con periodismo pero no había nada.

La ironía de la vida me ha llevado a ser camarero, con lo que yo odiaba el cálculo mental. Y mi, creo yo, notable talento, tanto periodístico como artístico, se ha quedado en nada. Al menos una cosa me gusta de mi trabajo, y es el trato con las personas. Conozco gente todos los días.

Mi dinero me ha permitido salir de la casa de mis padres, pero he tenido que volver los últimos días para cuidar de ellos. Mi padre, que sufre de alzheimer, no para de recordarme el sitio de los peluches, lo que me ha hecho buscarlos y jugar con ellos. Mis padres siguen llamándome loco, pero sigo creyendo que soy soñador, un soñador que no cabe en un mundo que no le toma en serio. Un soñador más, malgastado en un mundo que no permite más soñadores, perdido en un mundo que busca a la ciencia más que a la humanidad.

Anuncios

6 comentarios en “La vida de un soñador más

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s