Relatos de Port Lynn

Parten dos caminos hacia la senda de Falaria. Por primera vez, cuando pasé junto al cruce, una lluvia de diciembre dejaba la nieve empapada e intransitable. Volví a Chitina ese mismo mes, y regresé en abril. En esta época del año la luz cae agotada sobre la ruta norte, y el escaso brillo del sol y la lluvia dejan la nieve y el camino en mejor estado. Aún así me encaminé durante un día cargado, nublado y lluvioso.
A diferencia de la ruta norte, la ruta noroeste nunca me llegó a atraer demasiado; las montañas se encuentran al otro lado, así como las corrientes majestuosas del río Krin, los arces salvajes, los refugios y tierras desconocidas. Encontré mi razón y felicidad en estado salvaje, como los arces, o los lobos; ellos son los que me llaman, y a ellos acudo.
Son los pinos, los olmos y los nogales americanos los que atraen tanto, así como las piceas y los abetos, las grandes extensiones de hierba y la grandeza de la tundra. Son grandes desiertos los que me atraen y permiten inundar mi mente de pensamientos cualquiera, y culminar la tranquilidad. Es tranquilidad salvaje. ¡Y al fondo, escarpada, la gran cordillera! No, no es poetismo, es realidad. No es sueño, sino soledad. Y sería de farsante decir que la soledad es algo innatural. Será verdad que, infinitamente, culmina en angustia. Sin embargo, adentrarse en uno mismo y en su tranquilidad durante algunos meses, días u horas es un acto necesario para diferenciarse de la gran manada humana que lo rodea. Identificarse comienza a resultar más y más complicado si tenemos en cuenta la sociedad, aquella de la que intenté escapar. El individuo ha llegado a tal punto que ya no se reconoce como tal. Más conoce a las máquinas, o a aquellos hombres que es capaz de ver en todas partes. Aquel saber en el que intenta adentrarse, es decir, la tecnología, está basado en algo inerte que destruye la curiosidad. Más y más cierra los ojos cuando más es capaz de ver.
Trabajé en una fábrica textil, en Loneau, durante una semana tensa de marzo. Muchos trabajadores me llegaron a llamar loco en vez de sabio cuando les conté mis planes. Es increíble que la gente se pregunte cómo soy capaz de vagar en soledad por terrenos vírgenes, cuando éstas mismas personas se pasan la mayor parte de sus vidas de éste mismo modo, delante de maquinaria inerte, industrial y desconocida. En diferencia de la nueva tecnología, que en buen uso, sobre todo medicinal, es de gran provecho, la eterna naturaleza permanece viva, por mucho que creamos que no. Y el sabio no es aquel que lo conoce todo, sino el que con mayor curiosidad actúa por querer conocer más.
Llegó el veinte de abril, y con ello, mi momento de recoger las cosas, guardarlas en la mochila, y dar las gracias al viejo Phil por hospedarme durante tres largos días en su bar, en Crampton. De nuevo buscó la manera de persuadirme y evitar que me adentrara en la nada, y de nada le sirvió. Se obligó a sí mismo a llevarme hasta el barranco de San Antonio. Phil se despidió de mí y comencé a vagar por mi cuenta, por la ruta norte, hacia el Mount Asia. Caminé hasta el desvío de los dos caminos. Dejó de llover a medio día. Al comienzo las llanuras desérticas no resultaron muy agotadoras. Andando a ritmo acelerado me pasé cinco días. Más tarde el terreno se volvía más y más escarpado, y numerosos ríos cortaban el camino. El cansancio me hizo andar más lento. Escribí un poema en las faldas del Mount Asia, cuando el viento azotaba con furia y con la frescura característica de los ríos de la senda norte.

Luz infiel y mar cortada,
En la senda de Falaria.
Por el maestro, río Krin,
Corre la tormenta de abril.
Por las faldas del Mount Asia,
Caen cuernos carpos de marfil;
Una ruta desertada
Apela al comienzo del fin.
No es sueño, tampoco nada,
Sino colmillos sin perfil.

Allí el ser cambió de aspecto,
Por animal imperfecto.

Tras cruzar el Mount Asia y terminar la gran senda de Falaria decidí seguir con mi camino hacia la interminable confusión. Estuve casi medio año vagando en círculos imperfectos con el objetivo de encontrar un lugar perfecto entre soledad y civilización. El viaje, en su totalidad, culminó inesperadamente un veinticinco de septiembre, cuando llegué a Port Lynn; un hermoso puerto gélido que atrajo mi atención, con justificante, por su localización. El pequeño poblado se encuentra anclado entre mar, llanura y cordillera. ¡Como estar entre mar y cielo, o entre realidad y sueño!
Al principio los lugareños, que podrían pertenecer a la misma familia de no ser de distinto color, me miraron con cara de extraño. Yo hice lo mismo. Había barcos anclados en las capas heladas del puerto, y una sola calle que llevaba hacia él. Un total de seis casas iguales y simples de pesqueros americanos e incluso nativos, separadas por una sola calle rectilínea. Mis ojos se perdieron allí, en una mirada peculiar.
No fue una mirada cualquiera de la que me enamoré, sino de dos brillantes ojos yakutsk; perlas del continente asiático. Una mirada joven, de unos veinte años recién cumplidos, un cuerpo cubierto de pieles y telas gruesas.
Las fiestas del poblado llegaron el veintisiete de septiembre. Mientras tanto yo dormía en una casa de la familia yakutsk. Juntos se sentaban nativos y americanos para devorar las más grandes y mejor conservadas pescas y cazas del año. Volví a casa con un dolor de tripa increíble. Allí me esperaba la joven. La naturaleza hizo el resto.
Pero la paz vista al comienzo, entre nativos y americanos, resultó ser una gigante farsa. Eran los yakutsk los siervos, y el poder americano, y el trabajo esclavizado. Dónde menos quise verlo vi deslizarse gotas de sudor a menos veinte grados. Intenté salvarla, huir con ella, del terreno albis, pero deseó quedarse con su familia.
Desaparecieron mis botas en tristes pasos por la nieve blanca, solitarios de nuevo.
En mi regreso llegué a una firme conclusión: Pisen donde pisen, las botas de un hombre no harán mayor mal que su propio bien.

Y mis pasos volvieron al desierto blanco y a la evasiva soledad. Nunca más a la senda norte, al cruce de Falaria, a la nieve empapada de Chitina, a las fábricas textiles de Loneau, a los barrancos de San Antonio. Nunca más a la falsedad del hombre y a los mares cortados por el maestro, río Krin. Nunca.

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