Sobre el tiempo, el recuerdo y el poetismo en el sueño.

—No hay tal maestro como el tiempo— Me digo y pienso.

En las montañas oscurece.

Me encuentro tumbado en mi viejo saco, entre rocas y hierba seca. Es incómodo, si, pero tranquilo. Y sin ningún ruido puedo pensar sin ser interrumpido.

Y cuántos recuerdos de mi familia me vinieron a la cabeza al sacar aquel viejo saco azul.—¿Me quedará pequeño?— Pensé en su momento. —Igual dará—. Y continué con mi trabajo. Pero ahora me encuentro solo, sin padre que me cuente historias de miedo, sin madre que me tranquilice segundos después y sin hermano que me tome el pelo aprovechando la confusión. En cambio esta soledad es menor de lo que parece.

Arriba en el cielo parpadea el universo, en su reflejo, en las estrellas, ilustres iluminadas por el sol, sabias ancianas que caminan sin fin.

Lentamente me acobijo en mi pequeño saco de dormir, y siento el calor de mi cuerpo sobre el frío suelo. Inspiro y aspiro, en parte el aroma a polvo y antiguo del suave acompañante que me envuelve, por otra el húmedo entorno que me rodea. Y continúo, cierro los ojos y sueño…

—Arriba os veo, vivaces, pensadoras, que me observáis en la nada como yo a vosotras, pero el equilibrio solo es vuestro. Recuerdo que tantas veces os miro y pienso lo mismo, relojes del universo, ancianas y maestras del equilibrio del tiempo.— Y siempre pensé lo mismo, sin idea de mi poetismo, tal vez el silencio en su momento.

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