El viejo

Ahora tengo recuerdos, anécdotas, enseñanzas, experiencia y una vida feliz. Es duro ver como el motivo de ellas desaparece por completo de un momento a otro.

Vivía tranquilo y sobre todo solo. Una noche cualquiera decidí salir a la terraza, acompañado por un vaso de vino tinto, y de la nada me vino un pensamiento peculiar. Me imaginé la vida desde los ojos de un viejo y humilde anciano de la zona. Pensé en la rutina de una vida diferente, de alguien que obtuvo conclusiones de sus experiencias y que finalmente decidió vivir a su manera. La gente solía contarme mucho de un viejo de por ahí, quizás con las mismas características, pero por aquel entonces no me interesaba lo suficiente.

—Y camina descalzo ¿Por qué?— Me comencé a preguntar unos días más tarde. —¿Por qué caminar en astillas, piedras, o incluso por cemento en pleno verano, si tienes zapatos para ponerte?—. Cuando se lo pregunté su respuesta fue clara y sencilla, le duelen más los zapatos. Él sentía las astillas y piedras como un masaje y el asfalto como la expresión de felicidad y suerte por tener una casa cómoda a la que finalmente ir, un objetivo y un sinónimo de libertad tras la obligación de llevar zapatos en una sociedad que no pudo elegir. ¿Es locura o razón?

—El viejo tiene una biblioteca llena de libros, y no ha leído ninguno de ellos.— Resulta amargo, con tanto tiempo libre y poco ocio, pensaba. —Casi nunca se le ve por las calles, tiene un jardín enorme, un casón de piedra y un gran castaño a la entrada. Sale a dar paseos, pensativo, pero no suele alejarse de su finca—

Me contaron numerosas historias sobre él, algunas de miedo, otras tristes y otras verdaderamente horribles. Ni la mitad de ellas resultaron ser así, pero todas despertaban mi curiosidad, y me sacaba de quicio no conocer la verdad. Algunos pasantes me contaron que de pequeño tenía un trastorno, por lo que sus padres le llevaron al psiquiatra. Quedaron secuelas importantes e incurables, sobre todo en el comportamiento. Decían que se construyó su propio mundo en el jardín. Existen testigos que dicen haberle visto mantener charlas consigo mismo. Yo hago igual, muy a menudo, y me ayuda a relajarme, eso no me convierte en loco, y tampoco quiere decir que viva en mi propio mundo.

Esa misma tarde me puse las botas y me dirigí hacia su casa. Al llegar ya había anochecido. Vivía más apartado de lo que creí recordar. La última vez que yo pasé por aquel muro de piedra vivía enamorado, en otro mundo, y tal vez un poco loco.

Me atraía su casa a pesar de que era de noche, y en medio del campo no se veía por dónde andar. Finalmente localicé la puerta, pero no el timbre. Tuve que gritar, demasiado, me quedé sin voz al poco tiempo, pero el viejo tenía buen oído y me abrió la puerta inmediatamente. Fue en el momento justo, comenzaba a llover y yo estaba algo fastidiado por la poca voz que me quedaba. El anciano era estupendo, ni me preguntó cual era el motivo por el que estaba allí ni por qué quería dormir en su casa. Simplemente me llevó al salón, colocó mis botas en el pasillo principal, me invitó a una infusión y no paraba de preguntarme cómo se me ocurría alejarme del pueblo a esas horas. —Hay lobos en el bosque hijo, manadas enteras, deberías tener más cuidado. En su tiempo, cuando murieron mis padres y recibí esta casa, yo lo tuve. Me crucé con algunos de ellos, pero los asusté con el humo de mi hoguera y escupitajo.—¿Escupitajo? De vez en cuando parecía estar loco.

Pero simplemente resultó ser diferente. Me contaba historias, sobre todo de sus largos viajes, recuerdo bien, la primera que me contó fue desde Nepal a Mongolia, y de vez en cuando introducía lo que pensaba de los sedentarios que vivían por el pueblo.—Amigo mío, la locura reside ahí abajo, no me acerco a ellos porque me dan pena, no entiendo tanta estupidez—.

Al día siguiente me disculpé mucho por haberme quedado dormido en el sillón, ya que era donde solía dormir él. Me contó lo duro que fue para él cambiar de sillón, me dijo que se lo había tomado como un objetivo, e hizo un cambio en sus costumbres. Igualmente se veía que había dormido fatal.

Obtuve muchas conclusiones del viejo, y fui a visitarle muy a menudo. Los del pueblo me comenzaron a llamar satánico y chatarras como esas, en fin, yo seguía yendo a su casa. Su forma de hablar me ayudaba a olvidarme de la muerte de Laurence. Me contaba historias de su vida y de su dura infancia. Si de vez en cuando paraba de hablar, era para pensar en una posible moraleja, ya que, de vez en cuando, se le olvidaba al poco tiempo lo que me había contado. A veces su moraleja no tenía nada que ver con su relato, pero decidí callármelo. 

Resucité, y así lo hizo él en sus cuentos. Yo era un hijo para él, así como él mi nuevo padre.

Pasaron varios años y su muerte vino de sorpresa, había ido a visitarle muy de vez en cuando y seguía tan sano como su orgullo. Ocurrió tres meses atrás, de un tumor cerebral, y no tenía a nadie a quien contarle excepto a mi, pero no lo hizo. Durante su último mes de vida me encontraba cerca de Katmandú, esquiando, tal y como lo hizo él, con un vino caliente en la base y un baño frío en el camino de vuelta. Me entregaron su última carta al salir de un autobús, en algún lugar de la India. Pudo ser la única que envió, y en ella explicaba todo.

—Hasta nunca maestro— Me ponía en letra cursiva y bien cuidada. Hasta pronto, pensé yo. 

Anuncios

2 comentarios en “El viejo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s